Nicaragua se encuentra actualmente en un punto crucial de su historia. En los comienzos de un nuevo milenio estamos entre los índices de desarrollo humano más bajos de todo el hemisferio occidental. La brecha entre los que tenemos y los que no tienen se agranda con un nivel de pobreza absolutamente intolerable.

En vez de un progreso sostenible nos encontramos entre crisis financieras y escándalos de corrupción; entre exclusiones políticas y amenazas e insultos; entre el desplome de nuestra institucionalidad y una creciente desconfianza entre todos los nicaragüenses.

En el Océano Indico se encuentra la isla de Mauricio. En escasos 2,000 kilómetros cuadrados viven 1.2 millones de habitantes representando una enorme diversidad de culturas, creencias y razas. Hindúes conviven con musulmanes, chinos y franco-americanos respetándose en su diversidad y trabajando juntos en una visión compartida de país.

A pesar de carecer de recursos naturales, con una creciente base de manufactura y aumentos en las exportaciones, la tasa de desempleo en esta isla es prácticamente cero y el ingreso por habitante casi siete veces el nuestro.

En Nicaragua, en contraste, carecemos de esa visión de largo plazo y confiamos poco en nosotros mismos y en nuestros vecinos. Sin tanta diversidad cultural como la isla de Mauricio, nos empeñamos en enfatizar más en lo que nos separa que en lo que nos une; más en los puntos de conflicto que en los puntos comunes.

En un libro reciente titulado “Confianza”, Francis Fukuyama argumenta que la prosperidad de los pueblos está relacionada, entre otros factores, al nivel de confianza de sus habitantes. Debemos rescatar en Nicaragua esa confianza perdida en nuestra historia.

El punto de partida debe ser una búsqueda de consensos, de un pacto social para desarrollar en conjunto esa visión de país que tanto necesitamos. Nuestros problemas son muy complejos y profundos. Resolverlos tomará mucho más de un período presidencial y necesitará del apoyo de todos los sectores.

Debemos identificar y priorizar los problemas y transformarlos en proyectos de país con un compromiso compartido. No podemos esperar que el gobierno nos solucione aquellos problemas cuya solución está en nosotros mismos.

La empresa privada, al igual que la sociedad civil en su conjunto, debe tomar como propio este desafío. Si no lo hacemos, nunca haremos esa transición de la desconfianza al consenso que tanto necesitamos.

 

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