Por Alejandro Serrano Caldera

Alejandro Serrano Caldera

Las elecciones del cuatro de noviembre dejan para los nicaragüenses una serie de lecciones y reflexiones. El electorado evidenció un hecho del cual, a mi criterio, derivan luego todas las demás consideraciones: los nicaragüenses votaron, y lo hicieron masivamente, y con un profundo espíritu cívico y democrático, por lo que a su juicio les daba mayor posibilidades de estabilidad. En este sentido, Enrique Bolaños, figura más tradicional y representativa de las aspiraciones medias de la familia nicaragüense, mejor relacionado y aceptado por los poderes económicos, sociales, políticos, religiosos, internos y externos, acordaba mucho mejor con esas expectativas, conscientes o inconscientes, de nuestra sociedad.

A partir de ese punto habría que integrar todas las demás consideraciones: el programa de cada quien, la incidencia de los mensajes en la opinión pública, los temores por cada uno de los candidatos; en el caso de Ortega, por el regreso de los años ochentas y del síndrome de la guerra, acentuado este último por el contexto mundial que surge a partir del once de septiembre y por una persistente campaña que insiste sobre este punto. En el caso de Bolaños, por el temor a que éste sea una continuación del Gobierno del cual fue Vicepresidente por cuatro años, y, que, en consecuencia, carezca de independencia y de identidad propia en su gestión gubernamental futura frente al actual Presidente.

Cada candidato trató de vencer el temor que respectivamente suscitaba. La campaña en ese sentido se orientó a tratar de desactivar el sistema de miedos sobre el que estaba estructurada. Bolaños lo logró a partir de su discurso del 18 de octubre en el que por primera vez marcó de forma categórica distancia con el Gobierno del Presidente Alemán y presentó al Dr. Oscar Herdocia como futuro Procurador General de Justicia, encargándole, públicamente, perseguir los actos de corrupción pasados o futuros, cualquiera fuera el responsable, incluyendo, si fuere el caso, al propio Presidente de la República actual (o futuro) y al candidato presidencial del Frente Sandinista.

A partir de ese momento la campaña de Bolaños marcó una inflexión con todo lo anterior y se orientó, principalmente, por ese camino. La estrategia tuvo efecto sobre ese once o doce por ciento de indecisos que señalaban las encuestas y que, sin él, indicaban un empate técnico. El nuevo discurso de Bolaños desempató la contienda y decidió a su favor a los indecisos, que no lo eran entre él u Ortega, sino entre él o la abstención. Eso, más el último dos o tres por ciento que le quitó al Partido Conservador, explica la contundente diferencia del 14% a su favor.

De estas reflexiones, o mejor de estas elecciones, se derivan las siguientes lecciones: el pueblo nicaragüense vota y posiblemente lo seguirá haciendo, por aquello que considera le da estabilidad y no está dispuesto a arriesgar sobre la base, para él incierta, de una candidatura que evoca un pasado inaceptable para una parte decisiva de los electores y de promesas cuyo cumplimiento será siempre eventual.

Otras consideraciones son las siguientes: el virtual bipartidismo forzado que resultó del pacto, fue perjudicial para el FSLN y de seguir así posiblemente lo continuará siendo por un buen tiempo, pues si bien es cierto que el Frente tiene por si solo un considerable número de electores, siempre resulta mayor que éste la suma de los votos antisandinistas y no sandinistas.

El desafío actual para todos es el de contribuir a consolidar la democracia y el Estado de Derecho, a fortalecer las instituciones y a sustentar nuestro sistema político sobre los principios de legalidad y legitimidad. Todo esto pasa por una modernización de los partidos políticos, por un despartidización de las instituciones que deben sustituir, por todos lados, una visión caudillesca de la política y por una participación efectiva de la ciudadanía en la definición de políticas públicas y sociales que atañen a sus esenciales intereses.

Cierto que hay un mandato al candidato ganador y a su programa, ahora se trata de definir políticas concertadas con los diferentes sectores de la sociedad civil para obtener en la práctica el respaldo necesario sobre las medidas concretas. Eso es lo que yo entiendo como la búsqueda del contrato social a partir del cual, entre todos, iremos construyendo el nuevo Proyecto de Nación.

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