Argentina da las espaldas a la convertibilidad

Reactivación económica es la principal prioridad

 

La primera lección de la crisis argentina, es que nada dura eternamente. Los años de bonanza económica, a inicio de la década de los 90, hizo que los gobernantes y empresarios argentinos se vieran a sí mismos como héroes de la economía de mercado. Y tenían razón para sentirse así.

La crisis a finales de los 80, con una inflación que llegó a 1,500% al año, provocó la renuncia del Presidente Raúl Alfonsin, en 1989, luego de sus sucesivos fracasos por poner orden en la economía de su país. Es así como Raúl Menen llega a la presidencia seis meses antes de los previsto.

Con un discurso modernizador y carismático, Menen se apoyó en la amplia base social peronista para lanzar su programa económico que estableció la paridad del peso con el dólar americano. El estratega del relanzamiento económico argentino fue Domingo Cavallo.

Los aplausos se multiplicaron por doquier. En los centros financieros internacionales Cavallo era recibido con alfombras rojas y con los honores de un verdadero héroe. Argentino era el espejo en que todos debían mirarse.

La economía argentina creció durante siete años consecutivos, con tasas que llegaron a un 8% anual, mientras los créditos externos fluían a manos llenas. Para que no hubiera dudas de que iban en serio, escribieron en la constitución que la convertibilidad de su moneda era para siempre y que ya no emitirían pesos sin su debido respaldo.

Los argentinos comenzaron a despertar de su sueño con la crisis asiática de 1997, cuando el flujo de recursos externos, hasta entonces abundantes y baratos, fue drásticamente cortado. Al mismo tiempo, se enfrentaban al fortalecimiento del dólar con relación a otras monedas, gracias al crecimiento de la economía americana y al aumento de su productividad.

Amarrados al dólar, mientras más se fortalecía este, más caros se hicieron los productos argentinos y menos dólares ingresaron al país.

La situación se vio agravada por las ineficaces políticas de privatización llevadas a cabo por el gobierno Menen, que mal vendió las empresas estatales de aviación, telefonía y petróleo, entre otras. La expansión económica que vivía Argentina en esos años y los ingresos a las arcas del Estado a través de los impuestos, permitían mirar sin mucha preocupación el fenómeno.

Los intereses electorales y los compromisos políticos con sus bases sociales, hizo que tanto el gobierno central como los provinciales siguieran pretendiendo ante la población que la situación era pasajera. El propio Fernando de la Rúa, candidato de la Unión Cívica Radical en las elecciones de 1999, jamás criticó la convertibilidad y basó su campaña en el rechazo a la corrupción en el gobierno del Presidente Menen.

Con la llave de los recursos externos prácticamente cerradas y una economía cada vez menos competitiva, Argentina atravesaba, en este momento, una recesión que duraba ya tres años. La medicina que comenzó a aplicar Menen y que de la Rúa pretendió aumentar en su dosis, fue le corte de los gastos públicos. El círculo vicioso fue inevitable: menos gastos, menor crecimiento, menos recaudación de impuestos y mayor déficit público.

Nueve planos contingentes impulsó de la Rúa, sin éxito. En marzo último, en una muestra que no veía otra salida más allá de la convertibilidad del peso, llamó a Cavallo de regreso al gobierno. El zar de la economía de la era Menen regresaba en caballo blanco a la Casa Rosada, sede del gobierno argentino.

Durante nueve meses hizo lo posible para mantener la credibilidad argentina a flote, mientras el riesgo país se disparaba (ver recuadro) y se hacía cada vez más evidente que Argentina marchaba a una moratoria de su deuda externa, que supera los 130 billones de dólares.

Cavallo intentó medidas desesperadas, congeló los fondos bancarios, echó manos a los fondos de la seguridad social y obligó a los bancos a comprar títulos del gobierno, entre otras iniciativas para asegurar el cumplimiento de los compromisos de Argentina con sus acreedores.

Devaluar o dolarizar, fue el debate en que se sumergió Argentina en las últimas semanas. El gobierno insistió una y otra vez que descartaba la devaluación del peso, lo que significaría aceptar el fracaso del programa de convertibilidad, adoptado como un catecismo por Menen y de la Rúa, pero principalmente asumido como una verdad absoluta por Cavallo, su mentor principal.

La explosión social en la tercera semana de diciembre, repitió los hechos que provocaron la caída de Alfonsín en 1989. Si en aquel momento la inflación galopante fue la causa de las manifestaciones y saqueos en todo el país, ahora le tocaba el turno a la paralización económica que agobia el país.

El tema fue abordado por John Bowler, jefe para América Latina del Economist Intelligence Unit, la Unidad de Inteligencia del semanario The Economist, en una entrevista al diario argentino Página/12.

Argentina está atrapada en un círculo vicioso, aseguró Bowler, cada vez que intenta cerrar la brecha fiscal, agrava la recesión. Estas medidas parecen condenadas al fracaso porque lo que se gana en recaudación fiscal, se pierde en términos de actividad económica. Y como se sabe, el verdadero problema de Argentina es el crecimiento.

La estrategia del gobierno apunta a ganar tiempo. Asegurar el desembolso del FMI, evitar el default esta semana y conseguir avanzar sobre una reestructuración de la deuda. ¿Es una estrategia viable o se está postergando un final inevitable?

No cabe duda de que se lograron progresos en términos de la reestructuración de la deuda local. El tramo de la deuda extranjera será mucho más complicado. Pero creo que hay un problema de fondo que es necesario resolver. Más temprano que tarde, Argentina tendrá que salir de la convertibilidad. Esto va a afectar la situación económica de mucha gente. Pero creo que es la única posibilidad de empezar a crecer.

Las dos alternativas que se plantean son la dolarización o la devaluación. The Economist se pronunció por la devaluación. ¿Por qué?

Ninguno de los dos caminos será fácil. La devaluación será dolorosa por la deuda que se contrajo en dólares, pero si partimos de la base de que la salida será difícil, creo que la devaluación ofrece muchas mejores posibilidades de recuperación. Un cambio drástico en los precios relativos tendrá un impacto positivo en la economía. La producción nacional aumentará porque se fabricarán cosas que antes se importaban. La inversión extranjera directa crecerá porque el costo argentino dejará de ser un obstáculo.

Los opositores a este camino señalan que la devaluación generará una situación de profunda inestabilidad cambiaria, con un trasfondo de hiperinflación, y que, en un país que sólo exporta el 8 por ciento de su PBI, no podrá convertirse en el motor del crecimiento.

La devaluación puede generar un problema transitorio de inestabilidad, pero no creo que se justifiquen los temores a una hiperinflación, porque la raíz de ésta no era la política cambiaria, sino el desequilibrio fiscal. No pienso que en Argentina se vuelva a este tipo de política fiscal expansiva. Incluso en el segundo período gubernamental de Menem, a pesar de que hubo un incremento superfluo del gasto, de ninguna manera se acercó a lo que existía antes. En cuanto a la segunda crítica, si bien es cierto que Argentina es una economía bastante cerrado con poco saldo exportable, el mejoramiento de los precios relativos actuará como un estímulo económico.

¿Cuáles son los problemas de la dolarización?

La dolarización no resuelve los problemas de Argentina. Si se dolariza la paridad, continuará el problema de los precios relativos y el país perderá autonomía. Argentina tendrá que seguir ajustando su tasa de cambio por deflación: bajando precios y salarios. Hay gente que niega que Argentina tenga un problema cambiario. No estoy de acuerdo con esta posición. Si se observa el valor del peso en comparación con otras monedas, se ve que casi todos las economías emergentes devaluaron en los últimos años. A esto se suma un dólar alto y un euro bajo. Estos factores han afectado seriamente la marcha de la economía.

Mientras todo apuntaba en un sentido opuesto, Cavallo primero, y de la Rúa después, intentaron convencer a la población que el rey no estaba desnudo.

La crisis se precipitó con la renuncia de ambos con una diferencia de horas.

Lejos de solucionar la crisis, ambas renuncias dejan un vacío de poder en un país en que tanto el gobierno como la oposición estaban comprometidas hasta el cuello con un modelo que naufragó estrepitosamente.

No le quedará más remedio que volver a los instrumentos clásicos de política monetaria y la devaluación del peso será cuestión de horas o días. La suspensión de los pagos de su deuda pública será otra consecuencia, a corto plazo, de la actual crisis, mientras el país recupera su aliento para volver a echar a andar su economía.

El desafío que se presenta ahora es la carencia de un liderazgo visible que, a lo inmediato, pueda aglutinar las fuerzas políticas, económicas y sociales alrededor de un plan de reactivación económica.

La pelota volvió a la cancha de la política, ahora sin los espejismos de la convertibilidad.

 

Un empresario comprometido con Nicaragua

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