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El año
2003 tiene para Nicaragua el gran desafío de abrir la negociación
de un TLC entre Centroamérica y los Estados Unidos. El espíritu
con el cual habrá que emprender dicha negociación
debe sobrepasar la tentación de plantear este tema de manera
maniqueíca, donde se ve este proceso, exclusivamente, como
algo diabólico, que tiende a ser la visión de algunos
sectores, o panaceático, que traerá la solución
a todos nuestros problemas, como otros sectores han caído
en la trampa de verlo.
La realidad
es que ni la una ni la otra es la forma prudente de encarar este
desafío. El resultado de esta negociación, como toda
negociación, requiere amplitud de visión para tomar
ésta como una ventana de oportunidad, y dependiendo de cómo
encaremos esa negociación, tendremos resultados positivos
o negativos.
Se trata de
una negociación muy compleja, pues involucra negociar a tres
bandas, ya que Nicaragua tiene que ponerse de acuerdo, primero,
con el resto de los países centroamericanos, y luego, todos
a la vez, tenemos que negociar con los Estados Unidos. Como en toda
negociación hay riesgos y también oportunidades, la
sabiduría de hacerla bien será la clave de tener un
acuerdo viable y sostenible, y en eso debemos enfocarnos como país
y como región.
Para que se
haga bien, en primer lugar, debe superarse la tentación de
que esta negociación sea una de cúpulas, en la que
los funcionarios de los gobiernos, con el apoyo de un pequeño
grupo de miembros de las elites económicas de los países,
se ponen de acuerdo entre ellos, y luego negocian con sus contrapartes.
Ese enfoque debe ser superado por uno más participativo de
los diferentes sectores de la vida nacional, donde se incluyan los
intereses no solo del sector empresarial formal, sino también
del campesinado, de los obreros, así como del resto de los
sectores sociales y económicos.
En segundo lugar,
hay que reconocer que, aun cuando estamos en la misma región,
los intereses de cada país son diferentes, debido al heterogéneo
desarrollo que han tenido los diversos países que componemos
la región centroamericana. No pueden ser los mismos intereses
los de Costa Rica, que los que pueda tener Nicaragua ni tampoco
El Salvador o cualquiera del resto de los países del área.
Por ello hay que alcanzar, antes que nada, un acuerdo mínimo
entre nosotros, para luego sentarnos con los estadounidenses para
buscar con ellos el mejor acuerdo que posibilita este compromiso
mínimo regional.
En tercer lugar,
veamos esta negociación como un proceso, que debe iniciarse
partiendo de lo simple y dejando los temas más complejos
para las siguientes rondas, de esa manera la calistenia negociadora
se irá ejercitando, evitando los planteamientos totalizantes,
que puedan entorpecer el proceso que se está poniendo en
marcha. Para ello es muy importante que el calendario de estas negociaciones
sea flexible y no rígido.
Por último,
la actitud política con la cual se encaran estas negociaciones
debe ser positiva, sabiendo que hay temas como subsidios agrícolas
y otros que estarán en el camino como obstáculos a
superar. En toda negociación hay intereses comunes e intereses
contrapuestos, pero esto último no debe ser la razón
para no negociar. Es casualmente por ello que se llama negociación,
donde las partes ponen sobre la mesa tanto lo uno como lo otro,
y es la búsqueda de puntos comunes y concesiones mutuas lo
que hace una buena negociación. Lo importante es estar preparados
para que, al final, las concesiones que hagan las partes contribuyan
a alcanzar un acuerdo con él que todos se sientan favorecidos,
y que ello verdaderamente redunde en beneficio del país y
no solo de una pequeña elite de empresarios.
Este es entonces
el gran desafió que tenemos todos los centroamericanos para
el 2003.
Managua,
enero del 2003.

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