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Stiglitz ataca de nuevo

Arnoldo J.Martínez S.

 

A punto de publicar un nuevo libro, el polémico Premio Nobel fustiga la política neoconservadora de George W. Bush.

Jospeh Stiglitz no se queda quieto. Tras haber publicado el año pasado El malestar en la globalización, que disparó un molesto proyectil contra las confortables e incuestionadas políticas del FMI, el economista y Premio Nobel dirige sus críticas hacia su propio país.

Está dando los toques finales a una dura crítica de la “Dubyanomics”, como algunos llaman a la línea económica de George “W.” Bush. El actual neoconservadurismo hace que el profesor de Columbia casi sienta nostalgia del neoliberalismo, al cual fustigó exitosamente el año pasado. “Hablan de una ideología de libre mercado, pero si se uno se fija en su política de salvatajes y proteccionismo, no es cierto que sea libre mercado; y su agenda de contrataciones, lo que hicieron con Bechtel en Irak, muestra que la agenda ni siquiera promueve una justa competencia. De modo que hay que sospechar la existencia de un elemento ideológico y aún más, un elemento de interés de determinados grupos dominantes”, afirma este ex presidente del Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca durante la administración de Clinton.

Stiglitz también apunta su topadora contra las políticas internas de EE.UU. La economía estadounidense perdió dos millones de empleos desde el arribo de Bush al poder. “Hay menos preocupación sobre cuestiones distributivas, sobre el desempleo, el bienestar, la educación y las redes de seguridad”, dice . “Lo que subyace es una agenda antidistributiva. No se puede ver de otro modo la propuesta de reducción de impuestos a los dividendos (por US$695.000 millones). Existen maneras de integrar los impuestos a las empresas y a los ingresos personales conservando al mismo tiempo la progresividad, como se hace en Europa. Aquí se trata de destruir progresivamente la progresividad en nombre de una agenda estructural.”

Aumento de la desigualdad
Stiglitz fue uno de los 350 economistas de fama que firmaron en marzo una carta en la que se advertía al Presidente Bush sobre el riesgo de que el déficit crónico haga peligrar las jubilaciones públicas y los servicios de salud. “No se trata sólo de que no le presten atención al tema sino que están activamente comprometidos en el aumento de la desigualdad”, sostiene Stiglitz.

“Roaring Nineties” (“Los estruendosos noventa), su nuevo libro que saldrá a la venta en pocos meses, contará sus experiencias en la Casa Blanca durante los años del boom clintoniano. En los dos años de gobierno de Bush ese boom ha sido adjudicado al éxito de la política económica de Reagan. “No hay evidencias de que el ritmo de crecimiento de la productividad de los 80 haya sido distinto del de los 70; la participación de la fuerza de trabajo no era mejor y el ahorro no era más alto”, señala Stiglitz. “No hay evidencia económica a favor de esos ofertistas reaganianos”.

Y esta falta de evidencia fue su escudo en las peleas con el FMI. La institución de Washington respondió agresivamente al último libro de Stiglitz. En una carta abierta que le dirigió, Ken Rogoff, el economista jefe del Fondo, sostuvo: “No consigo detectar ninguna actitud en la que admita usted haberse equivocado. Cuando ocurrieron los booms de la economía estadounidense de los 90, usted se adjudicó los méritos. Pero cuando algo salía mal, siempre era porque simples mortales como (el Presidente de la Reserva Federal Alan) Greenspan o (el entonces Secretario del Tesoro Robert Rubin) no habían escuchado sus consejos”.

Bombas a distancia
Lo de Rogoff fue como un acicate que contribuyó a impulsar mucho las ventas del libro. Sus años como economista jefe del Banco Mundial desde 1997 hasta que fue obligado a irse en 1999 —según se dice, por el Tesoro de EE.UU—, le permitieron a este rebelde intelectual una visión desde adentro. En El malestar en la globalización, habló de las patrullas del FMI que decidían prioridades de gastos para los países desde sus cómodos hoteles cinco estrellas. Comparó sus métodos con los de la guerra tecnificada moderna. “Arrojar bombas desde 15.000 metros de altura asegura que uno no siente lo que está haciendo”, escribió Stiglitz.

Stiglitz apuntó sistemáticamente a la evidencia empírica que revela que la independencia del Banco Central y la independencia del mercado de capitales fueron, en el mejor de los casos, neutrales respecto de los crecimientos nacionales, y en la mayoría de los casos, desastrosos. “Es sólo ideología. Los datos demuestran que la liberalización del capital a menudo causa problemas, inestabilidad y no crecimiento”.

De hecho, un año después de su embestida contra Stiglitz, los mastines del FMI parecen estar en plena retirada. A Stiglitz lo divierte en grande la reciente publicación del FMI que contiene una suerte de mea culpa, cuya conclusión es que los países que acatan las sugerencias del FMI a menudo padecen una “caída en los índices de crecimiento y crisis financieras significativas”. Rogoff es uno de sus autores.

No contento con utilizar su capital intelectual para poner de relieve el fracaso de las políticas de Washington, Stiglitz también estuvo trabajando en lo que podría ser la próxima revolución en teoría económica. Obtuvo el Nobel por su trabajo sobre las “asimetrías de información”.

Puesta al día de Keynes
En mayo dictó en Oxford la prestigiosa “conferencia Clarendon” sobre la puesta al día de la teoría de Keynes para el siglo XXI. Cubría así la brecha entre su teoría pionera sobre las asimetrías de la información y sus recetas políticas para el Banco Mundial, la Casa Blanca y el FMI. Stiglitz piensa que ha quebrado el intríngulis de décadas de cómo proporcionar bases microeconómicas —supuestos sobre el comportamiento individual— a la visión macroeconómica de
Keynes.

La convención económica actual supone la existencia de un “agente representativo”, una persona cuya conducta económica puede ser modelizada mediante ecuaciones matemáticas y luego trasladada a millones para deducir los efectos macroeconómicos de las diferentes políticas. Esos modelos impregnan los errores de las políticas de Bush y el FMI, según Stiglitz. El problema con esa teoría es que no existe ese representante singular de la conducta económica del hombre. En realidad, accesos diferentes a la información guían la toma de decisiones económicas.

La teoría tradicional se centra en el mercado de trabajo y en la necesidad de flexibilizarlo. La implicación macropolítica del enfoque de Stiglitz es que pone el foco en la inadecuación de los mercados de capitales, surcados por esos problemas de información. Con ese marco, él cree haber descubierto por qué la teoría económica convencional y sus seguidores incondicionales del FMI y del Tesoro se equivocan con tanta frecuencia.

“Una de las implicaciones en términos de políticas es que eso pone de relieve que hay aspectos de la economía que varían de una región a otra”, dice el economista.

Stiglitz batalla contra cuatro décadas de pensamiento económico convencional. Su nueva polémica, no lejos de un año electoral, será temida en una Casa Blanca que sabe que la economía es su talón de Aquiles.

Tomado de El Clarín, Buenos Aires. Traducción de Claudia Gilman

 

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