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Hombres y Mujeres que sobreviven en el Sector Informal

“El día que no trabajo, ese día no como”


 

Sonia Agurto Vílchez
Alejandra Guido Cajina

 

Fernando

“A inicios de los años noventa yo trabajaba como conductor en una empresa estatal, la que luego fue privatizada y me encontré en el desempleo.La única alternativa que se me presentó fue trabajar haciendo ladrillos para pisos, pero luego, con la entrada de la cerámica, la empresa quebró, porque ahora hasta la gente pobre quiere tener ese tipo de piso. Otra vez me vi en el desempleo y la única salida fue lanzarme a las calles a vender leche agria, camino seis kilómetros diarios para ganar unos C$40 córdobas. Esto solamente me ajusta para sobrevivir y no he podido ni renovar mi licencia de conductor que como es profesional cuesta mucho dinero. El día que no vendo leche agria, ese día no tenemos dinero para comer”. (Fernando, vendedor ambulante de leche agria)

Como este testimonio de Fernando, pueden encontrarse muchos que evidencian como una cantidad significativa de hombres y mujeres fueron expulsados de empleos formales y obligados a refugiarse en empleos informales, que generalmente solo les garantiza la sobrevivencia.

La “tercerización “ de la economía nicaragüense muestra sus primeros indicios a mediados de los años ochenta, cuando los ingresos generados a través de actividades especulativas, se tornaban más rentables que los ingresos que se obtenían a través de un trabajo formal. Sin embargo, este fenómeno se profundizó y caminó a pasos agigantados en los primeros años de los noventa, cuando el gobierno implementó planes de ajuste estructural a fin de corregir los desequilibrios macroeconómicos que experimentaba la economía en ese entonces. Las medidas para lograr un achicamiento del estado y la apertura de las fronteras para productos extranjeros, fueron entre otras, las que más golpearon a los asalariados y a la pequeña y mediana industria nacional, muchas de las cuales sucumbieron al no poder competir con la nueva lógica del mercado.

Los datos estadísticos evidencian de manera dramática esta realidad, mostrando el crecimiento vertiginoso del sector informal. Mientras en 1985 el sector informal proporcionaba el 52.1% de los empleos de la PEA ocupada, en el año 2002 los empleos generados por este sector son el 77,1%. Es decir, que de cada 100 nicaragüenses que tienen un empleo, 77 lo realiza en el mercado informal.

La importancia del trabajo informal en la vida de los y las nicaragüenses
Un millón y medio de nicaragüenses trabajan en el sector informal debido a la imposibilidad que tienen de insertarse en sectores más modernos y dinámicos de la economía.

Si bien es cierto, hombres y mujeres tienen una participación significativa en el sector informal, los datos reflejan que las mujeres fueron obligadas a entrar masivamente en este sector en el primer quinquenio de los años noventa, mientras que los hombres lo hicieron de forma más gradual. De hecho, entre 1995 y el año 2002, la proporción de mujeres en este sector creció solamente en un 2.9%, mientras los hombres lo hicieron en un 13.5%. Es así, que actualmente el sector informal está proporcionando empleo al 76.5% de la PEA masculina y al 77.9% de la PEA femenina.

Se ha venido afirmando de manera reiterada que la entrada de las mujeres al sector formal pasa por exigencias relacionales con su edad, nivel académico, estado civil y su apariencia física. Sin embargo, esta afirmación no es del todo cierta, ya que la paralización que experimenta la economía nicaragüense es tan aguda, que el sector informal también se ha convertido en una alternativa de trabajo no solamente para personas de bajo nivel educativo, sino para aquellas con un alto nivel académico. Ambas situaciones se reflejan en los dos testimonio siguientes. Primero el de Paula, que teniendo un alto nivel académico, se le han cerrado todas las puertas en el sector formal, y el de Cándida Rosa, con menor nivel educativo.

Ambas tienen un común denominador y es que su única alternativa de trabajo la han encontrado en el sector informal.

“Soy ingeniera agrónoma con una maestría de dos años en sistemas de producción en el trópico. Cuando me gradué logré entrar a trabajar a una ONG, donde me ubicaron como gerente de proyectos sociales. Aunque no era en mi carrera, me sentía bien porque estaba trabajando como profesional. Después de dos años de trabajar ahí, esa ONG cerró el proyecto por razones que no vienen al caso mencionar y, a partir de ahí, no me pude insertar en ningún trabajo, hasta que decidí abrir una farmacia en un barrio donde viven unos familiares para poder sobrevivir. Si bien es cierto la farmacia me genera ingresos para sobrevivir, me siento frustrada porque siento que perdí 18 años estudiando y ahora estoy de comerciante” (Paula).

Candida Rosa

“Yo soy una mujer sencilla y con pocos estudios. En los años ochenta trabajaba como afanadora en el Centro Banic, me iba bien, hasta en que en los años noventa me obligaron a retirarme de mi trabajo y me dieron un dinerito. De ahí en adelante no volví a coger un trabajo estable, anduve haciendo de todo, hasta que encontré una forma de vida vendiendo cajetas. Salgo de mi casa a las 12 del medio día y regreso a las seis, visito diferentes barrios, ya tengo una ruta y me recorro como diez kilómetros y me gano entre 30 y 40 córdobas. Las cajetas me las dan al fiado y al día siguiente las pago y me vuelven a dar otra batea de cajetas, con esto sobrevivo con mi mamá y mi hija”. (Candida Rosa, vendedora ambulante de cajetas)

Condenados al subempleo y a los bajos ingresos
La mayoría de hombres y mujeres que laboran en el sector informal lo hacen en actividades de comercio y servicio, con altos niveles de subempleo y con ingresos bajos. Aunque hombres y mujeres trabajan bajo estas condiciones, se puede apreciar al interior del sector serias desigualdades de género, en detrimento de las mujeres. Por lo general, las mujeres se insertan en actividades vinculadas a sus roles reproductivos y con menos remuneración, desempeñándose mayoritariamente en el sector servicio, como procesadoras y vendedoras de alimentos, pequeñas comerciantas, peluqueras, etc, mientras que los hombres trabajan mayoritariamente en actividades que generan una mayor remuneración como, la agricultura y servicios.
De hecho, el subempleo afecta al 82% de los hombres y al 85% de las mujeres. El ingreso promedio que perciben las mujeres se encuentra en un 27% por debajo de los ingresos que perciben los hombres (C$1054 versus C$1,383).

Pasar de un trabajo en el sector formal al informal, afecta profundamente a las personas que viven esta experiencia, no sólo por la reducción sustancial de sus ingresos y la ubicación en trabajos generalmente ajenos a sus expectativas y experiencia, sino que también porque se quedan desprovistos de todo beneficio social, como lo es acceso a la seguridad social, décimo tercer mes, vacaciones y otros beneficios.

En el sector informal también se encuentran personas que toda su vida han estado ahí, son expertas en rebuscárselas de cualquier forma y no han tenido nunca acceso a ningún beneficio social, por lo que sus expectativas de trabajo son limitadas y se conforman con la experiencia que les trasmitieron sus padres. Este es el caso de doña Erlinda cuyo trabajo ha sido heredado a cuatro generaciones.

“Toda mi vida he trabajado en el cementerio. Ahí trabajaban mi papá y mi mamá, Ahora lo hago yo, mis hijos y dos nietos. Comencé a los 18 años y ya voy para los 60, no conozco otro trabajo, solo el de limpiar tumbas, pegar grama y flores y con eso mis clientes están contentos. (Erlinda, cuidadora de Tumbas).

Aún con todos los programas de empleo que se han abierto a través de la inversión nacional y extranjera en los sectores de la construcción, zonas francas y grandes centros comerciales, el sector informal continúa siendo determinante para la sobrevivencia de las familias nicaragüenses, ya que en este sector seencuentra una alternativa para generar ingresos y garantizar las necesidades esenciales de sus miembros, letrados y no letrados, hombres y mujeres, jóvenes, niños y ancianos, aunque los trabajos que desarrollen lesionen sus más elementales derechos económicos.

 

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