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A
finales de Julio decidí incorporarme a uno de los
equipos del FIDEG que iniciaba la encuesta que levantan
año con año con financiamiento de la Real
Embajada de Noruega. La encuesta tiene el propósito
de analizar y divulgar la situación económica
y social que enfrentan hombres y mujeres en nuestro país.
El equipo de encuestadoras pensó que me incorporé
con el propósito de entender un poco más la
situación económica que enfrenta la población,
en este caso la gente que habita en algunas zonas remotas
del centro y norte de Nicaragua. La verdad es que no me
incorporé para entender la situación económica,
me incorporé para conocer a las personas que la viven.
Quería platicar con las personas de estos alrededores,
que me contaran de sus vidas, de sus experiencias, básicamente
de como se las arreglan para sobrevivir. Pensaba así
por que me motivaba la idea de que la única manera
de acercarme a la realidad que vive casi toda Nicaragua
era acercándome a las personas que la sufren más.
A
veces pienso que la lentitud de la respuesta nicaragüense
hacia la problemática de la pobreza se debe en parte
a una suerte de desinterés por la gente que vive
en la pobreza. Estemos o no interesados, la pobreza acá
es una realidad. Sin embargo muchos nos hemos en cierto
modo distanciado de ella para refugiarnos en nuestras telenovelas,
en nuestro chisme político y en nuestra ignorancia.
Hoy en día muchos creen que la pobreza es sólo
un problema económico y no lo es. La pobreza es un
problema mucho más complejo. Basta decir que se trata
de la vida de seres humanos para reconocer que estamos hablando
de algo delicado, con muchas facetas y consecuentemente
múltiples maneras de estudiarlo. Una de esas maneras
es la economía. Pero la inseguridad, la vulnerabilidad,
la angustia recurrente en la que viven muchos nicaragüenses
sugieren que se trata no sólo de un problema económico
sino de un problema humano y por consiguiente moral. Por
eso sobran las maneras de expresar esta problemática.
En mi ensayo prefiero un lenguaje personal e íntimo
que rescate el aspecto humano y la inmediatez del problema.
He decidido mostrarles las opiniones de algunos que viven
en la pobreza y llevarlos por un rato hasta sus casas, a
una plática casual acerca de lo que a ellos les importa.
Estas son mis fotografías de viaje. Fotografías
de personas por que en la encuesta son personas las que
están detrás de las cifras y son personas
los que hacen las preguntas y quienes las contestan. Lo
cierto es que me incorporé por que quería
conocerle la cara a la pobreza, ahora me toca presentárselas.
Salimos
de Managua a la cuatro de la madrugada y llegamos a San
Carlos alrededor de las siete de la noche. En el camino
visitamos el primer centro urbano a encuestar, Las Argentinas.
Cuando llegamos ya todo el grupo se conocía bastante
bien. Ya habíamos hablado de nuestras familias, algunas
compartían sus preocupaciones personales. Desde hacía
kilómetros el camino había dejado de ser carretera
y era más bien una serie de charcos alineados, uno
detrás de otro, con ocasionales regiones de concreto
o de madera que más bien eran puentes. En Las Argentinas
visitamos varios hogares, incluso tome un par de fotografías,
todas malas. Finalmente, con Judith, una de las encuestadoras
con mayor experiencia, visité una pulpería
justo frente al próximo hogar a entrevistar. Era
sin duda la pulpería más surtida del lugar,
y doña Consuelo, la dueña, muy amable y cariñosa
me habló un poco acerca del poblado: “Las Argentinas
es un pueblo fantasma porque casi todos se han ido a Costa
Rica para probar su suerte encontrando trabajo por esos
lados. Los pocos que han quedado viven en la miseria”,
me dijo como dando una sentencia. En la pulpería
vende muy poco, la mantiene casi como por caridad porque
a los habitantes de Las Argentinas se les hace difícil
conseguir por otros lados los consumibles que ella vende.
Administra la venta y su esposo se encarga del ganado y
los cultivos. “En cualquier caso, aunque vendamos
poquito, igual, no nos vamos”. A nosotros nos tocó
despedirnos y nos dirigimos a la casa de enfrente, el hogar
de doña Alba. Alba hablaba con seguridad y bastante
elocuencia. Hablaba con nosotros sin dejar de estar pendiente
de sus tres hijas menores, por qué tiene seis hijas
en total. Nos contó que todos los días, mientras
las menores van a la escuela, ella ayuda a su marido a trabajar
la “tierrita” que tienen. Esta vez les había
ido muy mal por que la plaga de ratones había casi
acabado con la cosecha de fríjol. Con ellos también
vive un niño de seis años que es hijo sólo
de su esposo. El también va a la escuela y por eso
sólo ayuda a su papá los sábados y
los domingos. Ella también es la responsable de vender
la leche de las escasas vaquitas que les pertenecen. En
el hogar hay luz eléctrica pero no hay agua potable,
eso sin embargo preocupa poco a Alba. “A mi lo que
más me preocupa es que no nos dan oportunidades”.
Ella quisiera ser costurera si pudiera pero no tiene como.
“Otros, como el señor de enfrente (El dueño
de la pulpería), si tienen oportunidad” -me
dice. “Ese señor vende su leche a ocho córdobas
el galón por que tiene vehículo y lleva su
leche a vender a San Carlos, a nosotros aquí nos
dan apenas cuatro, a veces cinco”. Judith sigue haciendo
sus preguntas, y llega finalmente a la sección final:
“Usted considera que el hombre es más inteligente
que la mujer y que por eso debería de ser el jefe
del hogar?”. Ante la pregunta Alba sonríe.
Ha llegado su marido y nos saluda sonriente, la cara arrugada
por el sol y por sus más de sesenta años de
edad. Siempre sonriendo, Alba y César se miran y
contestan cada uno a su manera pero con igual elocuencia:
“Aquí los dos somos jefes”.
César
vestía de botas, ágil, risueño, la
mirada franca. La sombra del sombrero en su cara parecía
cubrirlo enteramente, y entonces César era una estatua
en la noche, la silueta de un héroe que está
de pie sobre la tierra que a diario trabaja, de pie y envuelto
en penumbras como un fantasma inmensamente cansado. Le dirigí
la palabra: -Disculpe la curiosidad, pero su esposa nos
contaba que ustedes venden la leche a cuatro, y que el señor
de enfrente la vende a ocho. No han pensado platicar con
él, talvez pueden venderle la leche de ustedes a
seis, y luego el podría venderla a ocho en San Carlos.
De esa manera los dos saldrían ganando”. César
escucha atento y contesta: “Usted sabe que al que
gana mucho casi siempre se le endurece el corazón,
además al caballo del amigo no hay que molestarlo
mucho por que se puede rendir. Así es la vida por
estos lados, fíjese usted que para nosotros la Navidad
es una gran aflicción. Por que Navidad significa
para nosotros pagar impuestos y sabe usted que para el campesino
los impuestos trepan día a día. Nosotros aquí
estamos solos, no somos políticos porque la política
se ha vuelto como una religión, y los gobiernos sólo
prefieren a algunos, a sus elegidos. Un trabajador del gobierno
tiene su salario, su seguridad, su viático. Nosotros
no tenemos nada de eso, quien nos protege?, no tenemos medios
y usted sabe que sin medios no se trabaja. Fíjese
que cuando vendo la cosecha nunca me dan un precio justo.
A uno le quitan lo que quieren y le dan lo que quieren”.
La política como una religión. En ese caso
César no necesita religión, lo que necesita
es tierra, maneras de combatir las plagas, alguien que compre
sus productos a un precio que le sirva de algo. Le preguntamos
si alguna vez había recibido o considerado capacitación
técnica para mejorar su producción y nos contó,
después de explicarle lo que eso significaba, que
hasta ahorita en ese momento estaba conociendo de la posibilidad.
Judith ha estado cuestionando a Alba, ahora pregunta: “Usted
siente que su hogar es pobre?”.
Alba:
“No por que ahorita tenemos el elote tierno que quedó
de la cosecha, usted sabe que el yoltamal y la güirila
a uno lo sustenta”. Pensé en las definiciones
abstractas que la gente da de la pobreza, un dólar
por día, un número debajo de una línea
imaginaria, etc. Alba y César conocen los números
por que se los enseñaron en la jornada de alfabetización,
pero conocen mejor aún la pobreza y por que la conocen
no se consideran pobres. Alba responde las preguntas de
Judith mientras una de sus tiernas da vueltas alrededor
de la silla de su madre en un caballito azul de ruedas.
César me hablaba de las dificultades cada vez más
numerosas que ha venido teniendo desde los 90 para cultivar
su propiedad, cada vez más pequeña, de como
le pagan poco por lo poco que produce, de como a veces el
problema son las plagas y, en otras ocasiones, “pues
le cae la montaña a la cosecha”. “Y ha
prestado usted dinero en algún banco?” le pregunta
Judith mientras alcanza un platito de atol que Alba con
una sonrisa le ha regalado.
“Yo
no presto por que no quiere deberle nada a nadie. Para mi
la honradez es muy importante. Fíjese que los pequeños
productores, así como yo, no prestan en los bancos,
los que prestan son los grandes y en la mayoría de
los casos nunca pagan. Es decir, no son honrados. Para que
le presten uno tiene que dar garantías y yo la verdad
no quiero salir perdiendo mi tierrita. Conozco algunos que
han intentado prestar pero les dijeron que no por que no
tienen garantías, por que no tienen tierra. Qué
feliz que es uno cuando tiene su parcelita para trabajar.
Pero es mentira, fíjese que hasta alquilar tierras
se ha vuelto difícil. Muchas tierras las están
usando para la ganadería, y entonces uno tiene que
viajar varias horas de caballo para poder encontrar algo,
y si la encuentra cuesta demasiado. Un vecino mío
antes tenía su propia tierra y la trabajaba con su
hijo. Ahora ellos dos son mozos y trabajan cuando pueden”.
De regreso en la camioneta, camino a San Carlos, me di cuenta
que algunas de mis compañeras encuestadoras estaban
pasando por problemas parecidos. Platicando con ellas, me
di cuenta que estaba ante un grupo de mujeres verdaderamente
trabajadoras, que algunas eran madres, que una de ellas
había sido maestra, otra estudió leyes y había
trabajado en ministerios, otra estudiaba Biología,
y ahora estaban todas haciendo la cansada tarea de levantar
esta encuesta, en todos los casos en una disciplina ajena
a la suya, trabajo temporal, por que no hay de otra, pero
no por eso menos difícil ni menos agotador.
Al
llegar a San Carlos nos encontramos con un pueblo oscuro
y silencioso, como un animal dormido bajo el cielo claro
y el olor a río y a madera húmeda, abrumado
en cada detalle por una masa casi infinita de chayules.
Por la noche, la gente de San Carlos no enciende las luces
de sus casas por que luz atrae a los chayules y esa noche
no era distinta, habían más chayules que estrellas.
Por eso había escasa gente en las calles y los que
pasaban apurados procuraban no abrir la boca para evitar
tragar más chayules que lo inevitable. En el primer
hospedaje que visitamos una señora anciana se rehusó
a abrir la puerta por qué pensó que sólo
llegábamos a ver las habitaciones, nos dijo que no
quería que entraran en vano los chayules a su hogar.
De noche llovió a cántaros, por la mañana
habían charcos por todos lados, agua estancada, y
los millones de chayules eran ahora una capa verde y resbalosa
que cubría las calles y el fondo de los charcos.
Por la mañana trabajamos la zona urbana y los alrededores
rurales. La noche del día siguiente llegamos a El
Almendro, y por la tarde del día siguiente salimos
hacia Nueva Guinea. Platicábamos apiñados
en la camioneta, escuchando música. Paquita la del
Barrio cantaba en las bocinas: “rata de dos patas/
te estoy hablando a ti/ porque un bicho rastrero/ aun siendo
el más maldito/ comparado contigo/ se queda muy chiquito”.
Las muchachas se sabían de memoria la canción.
Judith y Marisol hablaban de la violencia en las pandillas
y yo les preguntaba y escuchaba atento. Para Marisol el
problema es que muchos de esos jóvenes no recibieron
nunca cariño ni atención. Alguien dijo que
talvez esos muchachos nunca conocieron el amor de una madre.
Yo las observaba a ellas admirar el paisaje o mirar ocasionalmente
hacia atrás como recordando algo, la mirada a veces
en el polvo recorrido por la camioneta, o en algo lejano,
como en una montaña verde por la ventana o alguna
verdad que sólo ellas conocen. Así viajamos
y viajando nos fuimos conociendo. Me di cuenta que sin esa
amistad que creció en el grupo la tarea de la encuesta
hubiera sido casi imposible. Esa amistad a veces se traducía
en ayuda, a veces en pláticas sinceras, a veces en
risas y bromas después de un día cansado y
demasiado pesado para el trabajo individual o para la soledad.
La amistad hizo posible el trabajo. En general, me parece
que así es como se deberían de hacerse todas
las tareas difíciles, en equipo, por medio del dialogo,
ya sea la tarea de levantar una pesada encuesta, o aquella
de sacar a un país entero de la pobreza.
Por
qué compartir todo esto con ustedes? Por que a veces
se nos olvida que las cifras detrás de este tipo
de encuestas en el fondo no son cifras; representan algo
que tiene nombre, y se llama realidad. Para acabar con la
pobreza se requieren muchos tipos de esfuerzos, por ejemplo
programas de desarrollo que prioricen a las personas, la
educación, y el trabajo en equipo, por que sólo
juntos vale la pena salir adelante. Por eso hay que priorizar
la amistad.
Hay
que encontrar maneras de acercarse al problema de la pobreza
y hacer algo, desde hoy, para mañana y pasado. Hasta
que nos acerquemos a la realidad de nuestro país
sabremos verdaderamente quienes somos. Yo propongo, en ese
sentido, una plática de la realidad nicaragüense
que intente ser humana. La plática puede ser económica,
social, incluso literaria. Lo importante es que sea humana.
Por que no hay encuesta o fotografía numérica
que les revele la cara de Lucía, una niña
vestida de cumpleaños, cubierta la frente y los cachetes
de algo que en otras circunstancias podría ser chocolate
pero en este caso es lodo. Lucía me miraba de frente
como diciéndome un secreto y entonces sentí
que el dolor se le salía por los ojos y que en ese
dolor estaba ella y estaban sus doce hermanos, todos buscando
como salirse. Entonces corre Lucia a esconderse detrás
de la puerta que da a la cocina de leñas, en este
hogar que va como hundiéndose en el lodo o en el
silencio, aquí en la miseria más grande que
he visto hasta ahora, en Las Bellezas, camino a Nueva Guinea.
Luis, su hermano menor no estudia por qué en la escuela
le dijeron a su madre que es muy necio. Luis jugaba a tocarse
la nariz con la sonrisa. Él es labio leporino. Su
hermano menor, menos inquieto, me miraba pensativo y sin
decir una palabra, las piernas cruzadas, la mano en la barbilla.
Platicamos un rato, le tome una fotografía y después
le pregunté: “A qué es lo que más
miedo le tenés?”
“-Mi
hermanita le tiene miedo a los huracanes y Luis le tiene
miedo a los tiburones. Yo le tengo miedo a no poder trabajar”.
Y alguna vez han estado ustedes en el mar?, le pregunté.
No. Tomé una fotografía de las paredes y las
puertas al rato que Judith encuestaba a su madre.
Judith:
“Usted considera que su hogar es pobre?”.
Las
paredes, el techo y el piso eran del mismo color. Afuera,
Luis clavaba un tronco en el lodo del patio como buscando
agua, la encuentra y sonríe. Ahora pasa un gato y
Luis corre detrás de él. En el fondo de la
casa, detrás de la puerta de la cocina de leña,
Lucía seguía jugando a esconderse. Sacaba
la cabeza y cuando nuestras sonrisas se encontraban ella
regresaba a su escondite como volviendo a una felicidad
secreta. Luis había tomado el gato de las patitas
traseras y jugaba ahora a lanzarlo. Lo lanzaba como a un
trapo o como un grito sordo-mudo o una lengua que nos habla
para adentro para que escuchemos con todo el cuerpo o con
todo lo nuestro. De reojo noté que el niño
pensativo me observaba, y lentamente el aire se fue poniendo
pesado, el silencio cada vez más escaso. Quise ignorarlo
todo, ignorar a Luis, al gato, la encuesta, las avispas
ahogadoras en el techo de la casa, la niña que corre
a esconderse, la madre distraída que contesta a Judith,
a Judith agotada. Caminé hacia el charco de agua
que Luis había cavado en el patio. El agua me trajo
recuerdos de San Carlos y ahí seguí el río
hasta llegar al Castillo. Imaginé que en la loma
estaba una mujer vestida de coraje, su mirada puesta en
un peligro sin nombre y no tan lejos, gritando con los ojos,
en silencio. Entonces viene un cañonazo y lo rompe
todo. Imaginé que cada una de las muchachas encuestadoras
eran Rafaela y que en este caso el pirata ya estaba entre
nosotros por que era la pobreza. Imaginé que Nicaragua
entera era una mujer que sentía la pobreza y que
no podía más y entonces la gritaba.
A
mis espaldas, la risa de Luis mezclada con los sonidos del
gato que arrastraba y lanzaba eran cortinas o explosiones
en el agua levantadas por el golpe de una bala de cañón.
Sentí que la casita se iba hundiendo lentamente,
y de nuevo otro golpe, otro temblor, otro grito, cada vez
más cerca. Decidí irme, la entrada era de
alambres de púa, portón de brecha, y no hubiera
sido fácil salir por que me sentía débil
y enfermo. “Talvez así se siente la pobreza,
talvez es mucho más dolorosa”- pensé.
Necesitaba aire. Antes de llegar al portón recordé
a Luis, di la vuelta para verle de frente y justo en ese
preciso momento una masa pesada rebotó en mi pecho
y cayó a mis pies....
Luis
me había tirado el gato.
Ahora lo recojo y se los tiro yo.
El
autor es filósofo.
Derechos reservados para la Paquita y su Rata de dos patas.

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