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Un ensayo diferente sobre la pobreza

Alejandro Martínez Bermúdez

 

A finales de Julio decidí incorporarme a uno de los equipos del FIDEG que iniciaba la encuesta que levantan año con año con financiamiento de la Real Embajada de Noruega. La encuesta tiene el propósito de analizar y divulgar la situación económica y social que enfrentan hombres y mujeres en nuestro país. El equipo de encuestadoras pensó que me incorporé con el propósito de entender un poco más la situación económica que enfrenta la población, en este caso la gente que habita en algunas zonas remotas del centro y norte de Nicaragua. La verdad es que no me incorporé para entender la situación económica, me incorporé para conocer a las personas que la viven. Quería platicar con las personas de estos alrededores, que me contaran de sus vidas, de sus experiencias, básicamente de como se las arreglan para sobrevivir. Pensaba así por que me motivaba la idea de que la única manera de acercarme a la realidad que vive casi toda Nicaragua era acercándome a las personas que la sufren más.

A veces pienso que la lentitud de la respuesta nicaragüense hacia la problemática de la pobreza se debe en parte a una suerte de desinterés por la gente que vive en la pobreza. Estemos o no interesados, la pobreza acá es una realidad. Sin embargo muchos nos hemos en cierto modo distanciado de ella para refugiarnos en nuestras telenovelas, en nuestro chisme político y en nuestra ignorancia. Hoy en día muchos creen que la pobreza es sólo un problema económico y no lo es. La pobreza es un problema mucho más complejo. Basta decir que se trata de la vida de seres humanos para reconocer que estamos hablando de algo delicado, con muchas facetas y consecuentemente múltiples maneras de estudiarlo. Una de esas maneras es la economía. Pero la inseguridad, la vulnerabilidad, la angustia recurrente en la que viven muchos nicaragüenses sugieren que se trata no sólo de un problema económico sino de un problema humano y por consiguiente moral. Por eso sobran las maneras de expresar esta problemática. En mi ensayo prefiero un lenguaje personal e íntimo que rescate el aspecto humano y la inmediatez del problema. He decidido mostrarles las opiniones de algunos que viven en la pobreza y llevarlos por un rato hasta sus casas, a una plática casual acerca de lo que a ellos les importa. Estas son mis fotografías de viaje. Fotografías de personas por que en la encuesta son personas las que están detrás de las cifras y son personas los que hacen las preguntas y quienes las contestan. Lo cierto es que me incorporé por que quería conocerle la cara a la pobreza, ahora me toca presentárselas.

Salimos de Managua a la cuatro de la madrugada y llegamos a San Carlos alrededor de las siete de la noche. En el camino visitamos el primer centro urbano a encuestar, Las Argentinas. Cuando llegamos ya todo el grupo se conocía bastante bien. Ya habíamos hablado de nuestras familias, algunas compartían sus preocupaciones personales. Desde hacía kilómetros el camino había dejado de ser carretera y era más bien una serie de charcos alineados, uno detrás de otro, con ocasionales regiones de concreto o de madera que más bien eran puentes. En Las Argentinas visitamos varios hogares, incluso tome un par de fotografías, todas malas. Finalmente, con Judith, una de las encuestadoras con mayor experiencia, visité una pulpería justo frente al próximo hogar a entrevistar. Era sin duda la pulpería más surtida del lugar, y doña Consuelo, la dueña, muy amable y cariñosa me habló un poco acerca del poblado: “Las Argentinas es un pueblo fantasma porque casi todos se han ido a Costa Rica para probar su suerte encontrando trabajo por esos lados. Los pocos que han quedado viven en la miseria”, me dijo como dando una sentencia. En la pulpería vende muy poco, la mantiene casi como por caridad porque a los habitantes de Las Argentinas se les hace difícil conseguir por otros lados los consumibles que ella vende. Administra la venta y su esposo se encarga del ganado y los cultivos. “En cualquier caso, aunque vendamos poquito, igual, no nos vamos”. A nosotros nos tocó despedirnos y nos dirigimos a la casa de enfrente, el hogar de doña Alba. Alba hablaba con seguridad y bastante elocuencia. Hablaba con nosotros sin dejar de estar pendiente de sus tres hijas menores, por qué tiene seis hijas en total. Nos contó que todos los días, mientras las menores van a la escuela, ella ayuda a su marido a trabajar la “tierrita” que tienen. Esta vez les había ido muy mal por que la plaga de ratones había casi acabado con la cosecha de fríjol. Con ellos también vive un niño de seis años que es hijo sólo de su esposo. El también va a la escuela y por eso sólo ayuda a su papá los sábados y los domingos. Ella también es la responsable de vender la leche de las escasas vaquitas que les pertenecen. En el hogar hay luz eléctrica pero no hay agua potable, eso sin embargo preocupa poco a Alba. “A mi lo que más me preocupa es que no nos dan oportunidades”. Ella quisiera ser costurera si pudiera pero no tiene como. “Otros, como el señor de enfrente (El dueño de la pulpería), si tienen oportunidad” -me dice. “Ese señor vende su leche a ocho córdobas el galón por que tiene vehículo y lleva su leche a vender a San Carlos, a nosotros aquí nos dan apenas cuatro, a veces cinco”. Judith sigue haciendo sus preguntas, y llega finalmente a la sección final: “Usted considera que el hombre es más inteligente que la mujer y que por eso debería de ser el jefe del hogar?”. Ante la pregunta Alba sonríe. Ha llegado su marido y nos saluda sonriente, la cara arrugada por el sol y por sus más de sesenta años de edad. Siempre sonriendo, Alba y César se miran y contestan cada uno a su manera pero con igual elocuencia: “Aquí los dos somos jefes”.

César vestía de botas, ágil, risueño, la mirada franca. La sombra del sombrero en su cara parecía cubrirlo enteramente, y entonces César era una estatua en la noche, la silueta de un héroe que está de pie sobre la tierra que a diario trabaja, de pie y envuelto en penumbras como un fantasma inmensamente cansado. Le dirigí la palabra: -Disculpe la curiosidad, pero su esposa nos contaba que ustedes venden la leche a cuatro, y que el señor de enfrente la vende a ocho. No han pensado platicar con él, talvez pueden venderle la leche de ustedes a seis, y luego el podría venderla a ocho en San Carlos. De esa manera los dos saldrían ganando”. César escucha atento y contesta: “Usted sabe que al que gana mucho casi siempre se le endurece el corazón, además al caballo del amigo no hay que molestarlo mucho por que se puede rendir. Así es la vida por estos lados, fíjese usted que para nosotros la Navidad es una gran aflicción. Por que Navidad significa para nosotros pagar impuestos y sabe usted que para el campesino los impuestos trepan día a día. Nosotros aquí estamos solos, no somos políticos porque la política se ha vuelto como una religión, y los gobiernos sólo prefieren a algunos, a sus elegidos. Un trabajador del gobierno tiene su salario, su seguridad, su viático. Nosotros no tenemos nada de eso, quien nos protege?, no tenemos medios y usted sabe que sin medios no se trabaja. Fíjese que cuando vendo la cosecha nunca me dan un precio justo. A uno le quitan lo que quieren y le dan lo que quieren”. La política como una religión. En ese caso César no necesita religión, lo que necesita es tierra, maneras de combatir las plagas, alguien que compre sus productos a un precio que le sirva de algo. Le preguntamos si alguna vez había recibido o considerado capacitación técnica para mejorar su producción y nos contó, después de explicarle lo que eso significaba, que hasta ahorita en ese momento estaba conociendo de la posibilidad. Judith ha estado cuestionando a Alba, ahora pregunta: “Usted siente que su hogar es pobre?”.

Alba: “No por que ahorita tenemos el elote tierno que quedó de la cosecha, usted sabe que el yoltamal y la güirila a uno lo sustenta”. Pensé en las definiciones abstractas que la gente da de la pobreza, un dólar por día, un número debajo de una línea imaginaria, etc. Alba y César conocen los números por que se los enseñaron en la jornada de alfabetización, pero conocen mejor aún la pobreza y por que la conocen no se consideran pobres. Alba responde las preguntas de Judith mientras una de sus tiernas da vueltas alrededor de la silla de su madre en un caballito azul de ruedas. César me hablaba de las dificultades cada vez más numerosas que ha venido teniendo desde los 90 para cultivar su propiedad, cada vez más pequeña, de como le pagan poco por lo poco que produce, de como a veces el problema son las plagas y, en otras ocasiones, “pues le cae la montaña a la cosecha”. “Y ha prestado usted dinero en algún banco?” le pregunta Judith mientras alcanza un platito de atol que Alba con una sonrisa le ha regalado.

“Yo no presto por que no quiere deberle nada a nadie. Para mi la honradez es muy importante. Fíjese que los pequeños productores, así como yo, no prestan en los bancos, los que prestan son los grandes y en la mayoría de los casos nunca pagan. Es decir, no son honrados. Para que le presten uno tiene que dar garantías y yo la verdad no quiero salir perdiendo mi tierrita. Conozco algunos que han intentado prestar pero les dijeron que no por que no tienen garantías, por que no tienen tierra. Qué feliz que es uno cuando tiene su parcelita para trabajar. Pero es mentira, fíjese que hasta alquilar tierras se ha vuelto difícil. Muchas tierras las están usando para la ganadería, y entonces uno tiene que viajar varias horas de caballo para poder encontrar algo, y si la encuentra cuesta demasiado. Un vecino mío antes tenía su propia tierra y la trabajaba con su hijo. Ahora ellos dos son mozos y trabajan cuando pueden”. De regreso en la camioneta, camino a San Carlos, me di cuenta que algunas de mis compañeras encuestadoras estaban pasando por problemas parecidos. Platicando con ellas, me di cuenta que estaba ante un grupo de mujeres verdaderamente trabajadoras, que algunas eran madres, que una de ellas había sido maestra, otra estudió leyes y había trabajado en ministerios, otra estudiaba Biología, y ahora estaban todas haciendo la cansada tarea de levantar esta encuesta, en todos los casos en una disciplina ajena a la suya, trabajo temporal, por que no hay de otra, pero no por eso menos difícil ni menos agotador.

Al llegar a San Carlos nos encontramos con un pueblo oscuro y silencioso, como un animal dormido bajo el cielo claro y el olor a río y a madera húmeda, abrumado en cada detalle por una masa casi infinita de chayules. Por la noche, la gente de San Carlos no enciende las luces de sus casas por que luz atrae a los chayules y esa noche no era distinta, habían más chayules que estrellas. Por eso había escasa gente en las calles y los que pasaban apurados procuraban no abrir la boca para evitar tragar más chayules que lo inevitable. En el primer hospedaje que visitamos una señora anciana se rehusó a abrir la puerta por qué pensó que sólo llegábamos a ver las habitaciones, nos dijo que no quería que entraran en vano los chayules a su hogar. De noche llovió a cántaros, por la mañana habían charcos por todos lados, agua estancada, y los millones de chayules eran ahora una capa verde y resbalosa que cubría las calles y el fondo de los charcos. Por la mañana trabajamos la zona urbana y los alrededores rurales. La noche del día siguiente llegamos a El Almendro, y por la tarde del día siguiente salimos hacia Nueva Guinea. Platicábamos apiñados en la camioneta, escuchando música. Paquita la del Barrio cantaba en las bocinas: “rata de dos patas/ te estoy hablando a ti/ porque un bicho rastrero/ aun siendo el más maldito/ comparado contigo/ se queda muy chiquito”. Las muchachas se sabían de memoria la canción. Judith y Marisol hablaban de la violencia en las pandillas y yo les preguntaba y escuchaba atento. Para Marisol el problema es que muchos de esos jóvenes no recibieron nunca cariño ni atención. Alguien dijo que talvez esos muchachos nunca conocieron el amor de una madre. Yo las observaba a ellas admirar el paisaje o mirar ocasionalmente hacia atrás como recordando algo, la mirada a veces en el polvo recorrido por la camioneta, o en algo lejano, como en una montaña verde por la ventana o alguna verdad que sólo ellas conocen. Así viajamos y viajando nos fuimos conociendo. Me di cuenta que sin esa amistad que creció en el grupo la tarea de la encuesta hubiera sido casi imposible. Esa amistad a veces se traducía en ayuda, a veces en pláticas sinceras, a veces en risas y bromas después de un día cansado y demasiado pesado para el trabajo individual o para la soledad. La amistad hizo posible el trabajo. En general, me parece que así es como se deberían de hacerse todas las tareas difíciles, en equipo, por medio del dialogo, ya sea la tarea de levantar una pesada encuesta, o aquella de sacar a un país entero de la pobreza.

Por qué compartir todo esto con ustedes? Por que a veces se nos olvida que las cifras detrás de este tipo de encuestas en el fondo no son cifras; representan algo que tiene nombre, y se llama realidad. Para acabar con la pobreza se requieren muchos tipos de esfuerzos, por ejemplo programas de desarrollo que prioricen a las personas, la educación, y el trabajo en equipo, por que sólo juntos vale la pena salir adelante. Por eso hay que priorizar la amistad.

Hay que encontrar maneras de acercarse al problema de la pobreza y hacer algo, desde hoy, para mañana y pasado. Hasta que nos acerquemos a la realidad de nuestro país sabremos verdaderamente quienes somos. Yo propongo, en ese sentido, una plática de la realidad nicaragüense que intente ser humana. La plática puede ser económica, social, incluso literaria. Lo importante es que sea humana. Por que no hay encuesta o fotografía numérica que les revele la cara de Lucía, una niña vestida de cumpleaños, cubierta la frente y los cachetes de algo que en otras circunstancias podría ser chocolate pero en este caso es lodo. Lucía me miraba de frente como diciéndome un secreto y entonces sentí que el dolor se le salía por los ojos y que en ese dolor estaba ella y estaban sus doce hermanos, todos buscando como salirse. Entonces corre Lucia a esconderse detrás de la puerta que da a la cocina de leñas, en este hogar que va como hundiéndose en el lodo o en el silencio, aquí en la miseria más grande que he visto hasta ahora, en Las Bellezas, camino a Nueva Guinea. Luis, su hermano menor no estudia por qué en la escuela le dijeron a su madre que es muy necio. Luis jugaba a tocarse la nariz con la sonrisa. Él es labio leporino. Su hermano menor, menos inquieto, me miraba pensativo y sin decir una palabra, las piernas cruzadas, la mano en la barbilla. Platicamos un rato, le tome una fotografía y después le pregunté: “A qué es lo que más miedo le tenés?”

“-Mi hermanita le tiene miedo a los huracanes y Luis le tiene miedo a los tiburones. Yo le tengo miedo a no poder trabajar”. Y alguna vez han estado ustedes en el mar?, le pregunté. No. Tomé una fotografía de las paredes y las puertas al rato que Judith encuestaba a su madre.

Judith: “Usted considera que su hogar es pobre?”.

Las paredes, el techo y el piso eran del mismo color. Afuera, Luis clavaba un tronco en el lodo del patio como buscando agua, la encuentra y sonríe. Ahora pasa un gato y Luis corre detrás de él. En el fondo de la casa, detrás de la puerta de la cocina de leña, Lucía seguía jugando a esconderse. Sacaba la cabeza y cuando nuestras sonrisas se encontraban ella regresaba a su escondite como volviendo a una felicidad secreta. Luis había tomado el gato de las patitas traseras y jugaba ahora a lanzarlo. Lo lanzaba como a un trapo o como un grito sordo-mudo o una lengua que nos habla para adentro para que escuchemos con todo el cuerpo o con todo lo nuestro. De reojo noté que el niño pensativo me observaba, y lentamente el aire se fue poniendo pesado, el silencio cada vez más escaso. Quise ignorarlo todo, ignorar a Luis, al gato, la encuesta, las avispas ahogadoras en el techo de la casa, la niña que corre a esconderse, la madre distraída que contesta a Judith, a Judith agotada. Caminé hacia el charco de agua que Luis había cavado en el patio. El agua me trajo recuerdos de San Carlos y ahí seguí el río hasta llegar al Castillo. Imaginé que en la loma estaba una mujer vestida de coraje, su mirada puesta en un peligro sin nombre y no tan lejos, gritando con los ojos, en silencio. Entonces viene un cañonazo y lo rompe todo. Imaginé que cada una de las muchachas encuestadoras eran Rafaela y que en este caso el pirata ya estaba entre nosotros por que era la pobreza. Imaginé que Nicaragua entera era una mujer que sentía la pobreza y que no podía más y entonces la gritaba.

A mis espaldas, la risa de Luis mezclada con los sonidos del gato que arrastraba y lanzaba eran cortinas o explosiones en el agua levantadas por el golpe de una bala de cañón. Sentí que la casita se iba hundiendo lentamente, y de nuevo otro golpe, otro temblor, otro grito, cada vez más cerca. Decidí irme, la entrada era de alambres de púa, portón de brecha, y no hubiera sido fácil salir por que me sentía débil y enfermo. “Talvez así se siente la pobreza, talvez es mucho más dolorosa”- pensé. Necesitaba aire. Antes de llegar al portón recordé a Luis, di la vuelta para verle de frente y justo en ese preciso momento una masa pesada rebotó en mi pecho y cayó a mis pies....


Luis me había tirado el gato.
Ahora lo recojo y se los tiro yo.

El autor es filósofo.
Derechos reservados para la Paquita y su Rata de dos patas.

 

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