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Nos toca a nosotros dar el primer paso

Arnoldo J. Martínez S.


Arnoldo J.Martínez S.

Hace unos días, el PNUD presentó en Nicaragua el Informe sobre Desarrollo Humano 2003. Este informe se distingue de los anteriores ya que parte de la Declaración del Milenio de las Naciones adoptada en el 2000 con el propósito de “intensificar los esfuerzos mundiales para reducir la pobreza, mejorar la salud y promover la paz, los derechos humanos y la sostenibilidad ambiental”. Además, de esta declaración surgen los ocho Objetivos de Desarrollo del Milenio con metas concretas y medibles a alcanzar al año 2015. Pero sobre todo, el informe resalta el Pacto de Desarrollo del Milenio acordado en el 2002, el cual establece las responsabilidades compartidas de los países ricos y pobres para lograr dichos objetivos.

En otras palabras, este informe sintetiza los motivos por los cuales debemos fomentar el desarrollo humano de manera más acelerada, las metas que necesitamos alcanzar para lograr este desarrollo contra el reloj y las responsabilidades correspondientes de nuestras naciones, sean éstas ricas o pobres. Pero lo que más aprecio de este informe es que establece una clara relación entre lo que desea toda persona y los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Es decir, los objetivos parten y están centrados alrededor de los deseos fundamentales de todo individuo: gozar de una vida larga, sana, productiva y digna que les llene de satisfacción, bienestar y realización.

Coincido en que para discutir el problema de la pobreza debemos comprender sus causas y lo que necesitamos hacer para superarlas. Estoy de acuerdo que además de necesitar reformas económicas, instituciones y gobernabilidad sólidas, justicia social y participación ciudadana, necesitamos también superar las limitaciones estructurales que limitan el crecimiento económico y el desarrollo humano.

También estimo que para que estos objetivos sean alcanzables debemos conocerlos y apropiarnos de ellos. Pero más que todo necesitamos utilizar los recursos y conocimientos económicos, científicos y tecnológicos —con los cuales el mundo desarrollado cuenta hoy más que nunca— para superar el lento progreso de los países de máxima y alta prioridad.

Por otro lado, siempre me ha llamado la atención que los estudios sobre desarrollo están enfocados alrededor de la reducción de la pobreza y no alrededor de la generación de riqueza. A como bien lo indica el informe, difícilmente un país va a salir de la pobreza si no crece económicamente de manera sostenida.

Aunque en el caso de los países de máxima y alta prioridad estoy de acuerdo que es indispensable contar con un nivel mínimo de sanidad, educación, infraestructura y gobernabilidad para despegar económicamente. Si estos países no cuentan con estos cimientos, difícilmente habrá inversión, producción, generación de riqueza y crecimiento.

Pero surge una gran pregunta. Si estos países son pobres, es decir, no cuentan con recursos para invertir en estas áreas y fomentar dichas políticas, y además no crecen económicamente, ¿de dónde obtendrán los recursos para realizar estas inversiones públicas, mínimas e indispensables? Pues el informe propone que los países ricos proporcionen mayor asistencia a estos países y apliquen reglas del juego más justas en el ámbito comercial, financiero, científico y tecnológico, siempre y cuando los países pobres adopten y se hagan responsables de políticas adecuadas y se comprometan a realizar una buena y transparente gestión pública. En otras palabras, el informe nos hace responsable a todos de un problema que efectivamente es de todos ya que de una manera u otra nos afecta a todos.

Sin embargo, me preocupa un poco este asunto de la responsabilidad compartida porque temo que al final no sea compartida. Es decir, que todos estos actores apoyen a los países pobres y que los países pobres no asuman sus responsabilidades y dependan a como ha pasado en muchos países de la ayuda externa. Esto no es sostenible ni saludable ya que estaríamos truncado las posibilidades de crecimiento no por limitaciones estructurales externas sino por limitaciones estructurales internas. En este sentido, es indispensable que en nuestros países veamos hacia adentro e identifiquemos aquellos factores endógenos que obstaculizan nuestro desarrollo y, obviamente, identifiquemos maneras de superarlos.

En el caso puntual de Nicaragua, debemos poner la casa con un mínimo nivel de orden. Debemos superar nuestra incapacidad de ponernos de acuerdo, de entendernos de manera civilizada con respeto y tolerancia. Debemos superar nuestro afán por hacer las cosas a medias, erradicar la viveza mal entendida del nica, dejar de actuar con pocos escrúpulos, y salir de nuestro provincialismo. Debemos erradicar las constantes históricas que bien identifica el Profesor Antonio Esgueva en su obra Historia Constitucional de Nicaragua: la regulación de la ley desde el poder; los intereses creados que particulares tienen sobre los intereses nacionales; la falta de independencia de los poderes del estado; y los pactos. Debemos impedir que la democracia se prostituya, que el hecho que necesitemos de ella no se convierta en una herramienta política que abandere intereses particulares y no democráticos. Estos obstáculos no requieren de ayuda externa, requieren de conciencia y voluntad de cambio.

En este sentido, hay tres instituciones sociales que tienen la gran responsabilidad de encausar o entorpecer este cambio: el sistema educativo, la familia y la iglesia. Estas instituciones tienen un papel fundamental como catalizadores y sostén de una renovación cultural. Estas tienen la gran responsabilidad de no sólo formar a nuestros jóvenes, sino además desarrollar en ellos un espíritu crítico y constructivo, y una serie de valores que los conviertan en ciudadanos que contribuyan a nuestro desarrollo.

En conclusión, nosotros los nicaragüenses tenemos que dar el primer paso para salir de la pobreza.


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