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Mirarse en el espejo de Bolivia

Sergio de Castro

La herencia que dejamos al año 2004 no es muy alentadora. Algunos
dirán que lo contrario, en vista del acuerdo para la firma de un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y el próximo perdón de una parte sustancial
de la deuda externa de Nicaragua.

El panorama que se avizora, pese a la opinión de quienes creen ver el vaso medio lleno, no permite un optimismo sin reservas.

El 2004 será un año electoral en medio de una gran fragilidad política, en el que deberán aprobarse leyes de gran importancia para el país y algunas reformas que serán decisivas para la institucionalidad de la nación.

La parálisis del poder judicial y la disputa por la Ley de Carrera Docente son quizás el mejor ejemplo de los alcances de la fragilidad de las instituciones,
lo que tendrá sus repercusiones en el desempeño económico del país.

Otro ejemplo de esa fragilidad es el poder electoral, que difícilmente podrá
organizar elecciones municipales que tengan la necesaria credibilidad ante la comunidad nacional e internacional,a tan solo 48 meses de las elecciones
presidenciales y legislativas.

La crisis actual de las instituciones tiene su origen en los pactos que hicieron de algunos poderes del Estado un botín de guerra, que pretendían su control a través de incondicionales, para la atención de sus intereses particulares, y no asegurar el funcionamiento de las mismas
según su mandato constitucional.

Se trata entonces de rescatar la legitimidad de instituciones que se ven cada vez más cuestionadas, para contar con el marco necesario para el buen desempeño de la economía.

Sin embargo, el logro de legitimidad de las instituciones pasa también por el reconocimiento de las realidades políticas del país, de modo que no respondan a presiones externas ni pretendan construirse sobre la exclusión de ninguna de las partes.

Ni botín de guerra ni política de tierra arrasada, en la que el ganador se lleva todo.La historia del país muestra que es imposible construir instituciones estables y legítimas si estas pretenden excluir a los “perdedores” o ceden a presiones externas. Una mirada a los últimos cien años de la historia nacional muestra que los perdedores de hoy son los vencedores de mañana y viceversa.

La no exclusión no solo se refiere al ámbito político, sino también al económico y social. Los planes de desarrollo deberán considerar las realidades económicas y productivas del país, lo que significa incluir en la ecuación a los pequeños y medianos productores y empresarios, así como tomar en cuenta a los gremios y asociaciones a la hora de las decisiones.

La crisis política de este fin de año fue mucho más que el espejismo que pretendieron proyectar algunos desde el gobierno y está lejos de solucionarse.Ante ese panorama, la herencia que dejamos para el 2004 exige más que buenas intenciones y obliga a un esfuerzo concertado para recuperar la legitimidad que demanda el país para sus instituciones.


 

 

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