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Ganar en un país dividido

Víctor M. Godínez

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Tan clara como la victoria de George W. Bush es la polarización con que la sociedad estadounidense salió de la reciente campaña electoral. En efecto, cuando se afirma que el ahora presidente reelecto es el mandatario más votado en la historia de Estados Unidos, sólo se está diciendo una parte de la verdad. Bush también es el presidente con más votos en contra en la historia política de su país. Los casi 59 millones y medio de votos populares obtenidos por el antiguo gobernador de Texas constituyen una marca histórica en números absolutos. Pero, en estos términos, los casi 56 millones de votos que consiguió su oponente demócrata aparecen como la más grande cosecha en contra jamás recolectada por un ganador de la contienda presidencial.

Es evidente que en este juego de cifras deben tomarse en cuenta varios factores. Uno es el incremento de la tasa de participación electoral. Otro es el aumento del padrón producido por el crecimiento demográfico y la acción proselitista de los partidos. Con sólo considerar estos hechos las cosas se matizan: 20 años atrás, en 1984, Ronald Reagan logró reelegirse con una cantidad absoluta de votos (54 millones y medio) que en su momento fue tan o acaso más impresionante que la obtenida hoy por Bush. Cinco millones más de votos (un incremento de 9 por ciento) 20 años después no es, desde luego, una mala marca. Pero resulta más impresionante la de los votos en contra. En 1988 el candidato demócrata Michael Dukakis fue derrotado por el padre del actual mandatario por un margen indiscutible, pero su cosecha absoluta de votos fue hasta 2004 la más cuantiosa de la historia para un perdedor: 41 millones, cantidad superada en casi 37 por ciento por John F. Kerry, 14 años después.

Como quiera que se vea, sin embrago, lo único que cuenta es que el triunfador indiscutible fue George W. Bush. Dados los tortuosos incidentes de su primera elección, esta victoria, como ya se ha dicho, le otorga, dentro y fuera de su país,una legitimidad incuestionable. Pero su
triunfo no elimina la polarización política del país.

Reelecciones
Con ésta, desde fines de la década de 1960 se registraron cuatro reelecciones presidenciales. Aunque con una tendencia decreciente, el margen de la victoria electoral de los tres presidentes reelectos antes de Goerge W. Bush fue muy amplio: en 1972 Richard Nixon obtuvo 23 puntos porcentuales más del voto popular que su opositor George McGovern; en 1984 Reagan hizo lo propio sobre Walter Mondale con 18 puntos; en 1996 Bill Clinton superó al republicano Bob Dole con nueve. George W. Bush lo consiguió con sólo tres puntos más que John F. Kerry. Margen suficiente para alzarse con el triunfo, sí; pero también estrecho
desde un punto de vista histórico-político, y quizá demasiado justo para un mandatario con una agenda legislativa que, de ser aprobada, producirá grandes modificaciones en la estructura jurídica, social y económica de la nación más poderosa del mundo.

De acuerdo con los propósitos de reforma declarados por el presidente, que abarcan desde el código impositivo y la seguridad social hasta las leyes educativas, el proyecto político de su segundo mandato podría alterar de manera sustantiva los arreglos institucionales vigentes. Si tales propósitos llegan a materializarse, su impacto en la vida de los estadounidenses será tan fuerte que el legado político de George W. Bush podría considerarse con el tiempo como la contraparte conservadora del proyecto de la “gran sociedad” del presidente Lyndon B. Johnson.

Agenda Interna
La instrumentación de la denominada agenda interna que quedó relegada en el debate de la campaña tiene un alto potencial de polarización política. Asomémonos, a manera de ejemplo, a cuatro ámbitos de esta agenda.

Impuestos

La lucha calle a calle por el voto quedó atrás. El reelecto presidente de Estados Unidos busca ahora consolidar el proyecto político que representa. Sus propósitos de
reforma abarcan desde el código impositivo y la seguridad social hasta las leyes educativas. Si sus objetivos se materializan, el impacto en la vida estadounidense podrá considerarse con el tiempo como la contraparte conservadora del proyecto de la “gran sociedad” del presidente Lyndon B. Johnson.


Un objetivo del primer periodo de gobierno fue disminuir de manera gradual los gravámenes fiscales que pesan sobre los ingresos provenientes del capital. El gobierno y la comunidad de los negocios esperan que la política fiscal de los próximos cuatro años retome con mayor fuerza esta meta. Los ideólogos de la administración
y desde luego los tenedores de capital están convencidos
de que tal medida estimulará el crecimiento económico.
También se dice que Bush podría proponer una tasa
general del impuesto sobre la renta o una tasa nacional sobre
las ventas. Tales medidas acentuarán las desigualdades distributivas. No se olvide que en las últimas tres décadas la distribución
del ingreso tiende a cobrar en Estados Unidos un sesgo cada vez menos equitativo, dando razón a quienes piensan que el sueño americano terminó para las clases medias.

Seguridad social
Bush habló en su campaña de instituir cuentas privadas para los nuevos participantes de los fondos de pensión e incapacidad. Aunque no entró en detalles, esta propuesta, además de significar una privatización de facto, tendrá un alto costo. Según los especialistas, como Peter Orzag de la Brookings Institution, podría costar de uno a tres billones de dólares en los próximos 10 años, lo que produciría presiones fiscales insostenibles a una economía de por sí sujeta a un enorme desequilibrio de las finanzas públicas.

Valores sociales
La coalición político-ideológica que dio sustento a la reelección de Bush tiene la expectativa avalada por el presidente en su campaña de promover enmiendas constitucionales que pongan en negro sobre blanco temas como el matrimonio, de manera que sea definido como un acto que sólo es posible entre un hombre y una mujer. Fortalecido en las urnas por el apoyo decisivo de una inmensa masa de votantes movidos en primer lugar por “preocupaciones morales”, Bush buscará corresponder durante su segundo mandato fomentando, con todos los medios a su alcance como presidente, lo que él y su base social piensan que debe ser una paternidad responsable, la educación sexual orientada a la abstinencia y, como ya se mencionó, los piadosamente llamados “matrimonios sanos”.

Sistema de justicia
El previsible retiro por enfermedad de William Rehnquist, jefe de la Suprema Corte, abrió súbitamente la oportunidad para que el presidente reelecto busque remodelar el sistema de justicia a la medida de los valores conservadores que defiende y representa. Con ello, las tres ramas institucionales del estado Ejecutiva, Legislativa y Judicial quedarían alineadas en torno a su particular visión del mundo. Apenas tres o cuatro semanas atrás, casi nadie habría anticipado una situación tan excepcional para un segundo mandato de Bush, en un país dividido y en el que 48 por ciento del electorado no lo quería como presidente.

* Tomado de La Jornada, México

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