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Consuelo Mora

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El propósito de esta sección es destacar a aquellas mujeres, de todos los sectores y de todas las disciplinas, queluchan a diario contra obstáculos, prejuicios y en ocasiones hasta discriminaciones,y que además, han logrado el éxito en surespectiva carrera o campo.

Publicamos en esta edición 154, la historia de cinco mujeres, de diferentes profesiones, campos y carreras, pero que
tienen un elemento común: destacan en la labor que realizan. Estas son sus historias.


Encarnación Suárez, Presidenta de los cafetaleros de Pancasán
Productora orgánica destacada
  • Enviudó con diez hijos a cuesta y a todos los sacó adelante en sus estudios a punta de trabajar en su parcela
Consuelo Mora

 

En una parte de las montañas de Matagalpa, en Pancasán, hay un foco de tierra orgánica que respira sin uso de químicos desde hace 20 años. Es una finca con 15 manzanas de bosques y el resto, cultivada con granos básicos y café que se exporta a 161 dólares el quintal.

Este lugar vive en un ciclo perfecto de cambio: los desechos hacen que crezca lo nuevo. Esa es también la manera en que Encarnación Suárez, la mujer detrás del proyecto ha vivido su vida: cosechando cosas buenas de las situaciones difíciles.

“Murió mi marido de azúcar, quedé viuda con 10 hijos pequeños y mi terrenito”, cuenta doña Chon, como la conoce todo mundo. Sus facciones parecen haberse acostumbrado a la flexibilidad de su sonrisa, que forra las palabras que no dice. Hace pausas relajadas, toma un sorbo de café por reflejo automático: después de estar 61 años rodeada de café matagalpino se marcan ciertas costumbres.

Sus 10 hijos se bachilleraron del colegio, la mayoría ha ido a la universidad, aunque doña Chon no haya podido hacer ninguna de las dos cosas. En 1985, cuando 25 manzanas de tierra cayeron en sus manos, ella comenzó a sembrar café orgánico con la ayuda de la Asociación para la Diversificación y Desarrollo Agrícola Comunal, ADAC.

“La cooperativa Saproa me dio el crédito que necesitaba, porque ADAC los que nos dio fueron capacitaciones”, recuerda.

ADAC tenía una sección de mujeres, donde ella se asoció en esta época, después comenzó a trabajar con Cooperative League of the United States, CLUSA. Para esa época, doña Chon ya había reparado su casa y había comprado cinco manzanas más. Ella es ahora la presidenta de los cafetaleros de Pancasán, pertenece a la junta directiva de la Saproa, también está asociada con Femoprocan y la Unión Nacional de Agricultores y ganaderos, UNAG.

No anda reloj, pero parece estar apurada por ir a hacer otras cosas. Piensa un momento y comienza a recordar otros logros que no ha dicho. Cuando reflexiona en sus metas, parece que las quiere minimizar un poquito, subrayando que en su finca se trabaja familiarmente, que no ha sido sólo ella, y que todo lo que ha hecho es gracias a las organizaciones que la han apoyado.

El reflejo del sol rebota en su pelo blanco, por lo que el rostro se le ve más despejado y los ojos más claros. “Nunca he tenido problemas con conseguir préstamos, el único problema es a la hora de vender nuestros productos, porque tenemos que darlos más baratos de lo que cosechamos”. Explica que el único producto que ella exporta es el café, que usualmente dialoga directamente con sus compradores.

Una finca diversa
“A la Femoprocan yo le agradezco mucho, nos han hecho mujeres luchadoras, para enfrentar tanto lo bueno como lo malo”, dice.

Tuvo la oportunidad de ir a Francia para ver ejemplos de fincas orgánicas en otro contexto. “Femoproacan a mí me llevó a Francia, anduve viendo otras fincas: Una sola persona allá maneja todo. Parecido a nosotros que trabajamos familiarmente. Fue una gran experiencia”.

La finca de doña Encarnación trabaja con pilas de lombrices, ella explica que la orina y los excrementos de las lombrices sirven de abono en su finca. Esta es una técnica un poco difícil de crear abono, porque las lombrices necesitan cuidado. Doña Chon refiere que sus nietos son los encargados de cuidarlas, después de llegar de clases.

En esta finca se produce desde cacao hasta café, además de malanga, quequisque, frijoles, yuca, guineos, naranja, limón, achote y maíz. “A veces cosecho 40, 35 quintales de café, a veces más. De frijoles, cosecho entre 15 y 20 quintales por manzana, todo orgánico”, comenta.

“En mi parcela trabajamos varones y mujeres por igual”, menciona apresurada, como cuando se olvida mencionar algo importante.

Preparando el futuro
Doña Chon ve en el futuro la posibilidad de exportar otros productos orgánicos. Su preocupación abarca no sólo sus cosechas, sino los de toda la gente de Pancasán: Los productos orgánicos deben venderse al mismo precio si se ofrecen a nivel local, aunque usualmente son mucho más caros.

“Quiero ver cómo hago con mi hijo menor, se bachilleró y quiere ir a la universidad… usted sabe que aunque uno venda regular, el dinero no ajusta”, explica con tranquilidad.

“Estamos pensando en poner una tostadora con Femoprocan”, dice entusiasmada y agrega “El ganado es lo único que no es oficialmente orgánico en mi finca, porque no está certificado.”

Como en su finca hay bastante agua, no descarta la posibilidad de poner una granja de cerdos y criar más ganado. Uno de sus grandes proyectos es poner un inodoro, que no tiene hasta el momento.

Al igual que muchas personas, doña Chon confiesa que se dio cuenta poco a poco del aporte de las mujeres a la economía. “Ahora nos hemos dado cuenta que en los proyectos deben haber mujeres. Yo miro que somos muy importantes, no sólo para estar cocinando en la casa. Siento que esta manera de pensar es una raíz que le voy a dejar a mis hijos y a mis hijas. Es un gran beneficio que ahora las mujeres estén donde están”.

Ella realiza todos los días la misma rutina. Se levanta a las 5 de la mañana, trabaja en su finca en distintas actividades para dormirse después de las 10 de la noche, cuando termina su novela. Admite que nunca nadie en su casa se enferma, tampoco ella. “Donde se come orgánico, no hay enfermedades” dice y agrega con entusiasmo “Tengo 61 años, pero me siento jovencita, con fuerzas, para seguir trabajando.”

Guillermina Morales, Presidenta de la UNAG en Rivas
Defensora de la propiedad femenina
  • Con cuotas mensuales fueron formando un capital semilla para financiar la producción en manos de mujeresa

Mayo, 1958. Guillermina no fue a trabajar hoy, espera a su abuelo al lado de un camino polvoso. A sus ocho años, se siente feliz porque es sábado y el sol atraviesa un poco la sombra de los árboles. La casa está limpia, abierta de par en par, esperando al abuelo.

Usualmente ella, la nieta mayor, se va con él a trabajar en una hacienda desde las 5 de la mañana hasta caer el sol; hoy el abuelo se fue solo a buscar trabajo extra, como cada fin de semana. Cae la noche y todavía no regresa.

Ese tipo de recuerdos hicieron que Guillermina Morales tuviera muy pocas horas de sueño en el futuro. “Cuando se dio la reforma agraria, yo decía qué alegre, porque ya ningún abuelo se va a ir a buscar trabajo, ya van a trabajar su propia tierra”, dice la presidenta de la Unión Nacional de Agricultores y Ganaderos del departamento de Rivas.

Hoy, con 55 años, trabaja para que las 1,200 mujeres que pertenecen a cooperativas tengan acceso a los mismos beneficios que los hombres. Se ve un poco cansada pero sin tensión. Con ojos tristes y una sonrisa tímida, parece no tener nada qué ocultar.

La muerte de su esposo en los ochenta marcó un punto de partida. Ella tenía 7 hijos y un embarazo avanzado cuando a su marido lo mató la guardia por ser colaborador del Frente Sandinista. Guillermina se involucró políticamente, haciéndose cargo del trabajo con las mujeres de la Asociación de Mujeres Nicaragüenses “Luisa Amanda Espinoza”, AMNLAE, de Rivas. Aprendió a leer por cuenta propia “porque soy bien curiosa”, dice.

Reforma agraria entre ceja y ceja
“No ha habido una etapa en que las mujeres han sido privilegiadas por la tierra”, afirma, a pesar de que dice que en la actualidad hay algunos avances. “La verdad es que yo digo que en el tiempo de la revolución las mujeres nos dedicamos a estarles aplaudiendo los éxitos a los hombres, las entregas de tierra, las condonaciones de deudas, las entregas de camiones”, añade en tono de protesta. Luego explica que lo que les sugiere a las mujeres de la cooperativa es buscar soluciones, no quedarse llorando porque el hombre se fue y las dejó sin tierra ni dinero.

Para ella, la reforma agraria dejó de ser un proyecto familiar cuando toda la tierra se entregó a nombre del hombre. Cuando asumió la presidencia de la UNAG, ella sugirió una cuota de 250 córdobas para abrir créditos a las productoras.

“Con eso empezamos 193 mujeres. Habían compañeras que fueron juntando sus 250 córdobas de 5 en 5, y así comenzamos a darnos crédito: una para comprar la harina, otra para sembrar granos. Esa es la historia de nuestra cooperativa”, recuerda.

“No fue fácil. Los hombres inventaron una estrategia para que las mujeres se salieran de las cooperativas: hicieron un reglamento y en él pusieron que si se descubría que un hombre y una mujer socios de una cooperativa tenían relaciones, serían expulsados. Pero la verdad es que sacaban a las mujeres, no a los hombres. Es más doloroso lo que descubrí que hacían: Como sabían que eso era un delito, entre ellos planeaban montar una situación en la que parecía que 2 personas andaban, para expulsar a la mujer”, cuenta, haciendo ademanes con las manos.

Se detiene, levanta la mirada rápidamente, como recordando un detalle que no puede dejarse a un lado. “Otro argumento era que las mujeres parimos cada año y que reglamos cada mes: supuestamente cuando andamos con la regla no nos podemos agachar, cruzarnos un cerco, montar a caballo, esos eran los argumentos bajos de ellos. Entonces muchas de estas mujeres no aguantaban estas presiones y se salían”, dice.

Mira hacia dentro del auditorio, donde las productoras discuten para continuar el seminario en el que se encuentran. Uno de los tres hombres que asistió se encuentra hablando, de pie, con un grupo. Es uno de los directivos de la cooperativa y marido de doña Guillermina.

“Mi esposo también es miembro de la directiva de la UNAG. Ha sido lucha para que él entienda, aunque hasta donde yo sé él está muy orgulloso que yo me involucre en esto. Aunque le agradezco mucho porque él sabe que si él no fuera así, yo no estuviera con él. Eso es evidente. Él ha sido bien atento y respetuoso con mis hijos, conmigo, con mi trabajo” comenta, desviando la atención de nuevo al sol que entra en las ventanas.

“En cambio, los hombres casi no llegan a ninguna actividad. No le dan importancia. Si quiero garantizar asistencia, convoco a mujeres. Pero eso me trae otro problema, los hombres dicen que los estoy excluyendo. Cuando se organiza, por ejemplo, el congreso de la UNAG, lo que piden es cuántos hombres y cuántas mujeres llegan a Managua. Siempre tenemos que contar más mujeres que hombres, y ellos saben que es cierto”.

Un poco más que abrir y cerrar los ojos
Después de trabajar desde los 8 años sin derecho a educación y ganando 30 córdobas al mes, tener que valerse por su cuenta desde los 14 años, huir con 7 hijos por su movilización política, ha logrado que 1,200 mujeres de Rivas se afilien a cooperativas para producir por su cuenta y que a muchas se les reconozca como dueñas de la tierra.

“La migración es un problema en esta ciudad. Lo que pasa es que las tierras que trabajan muchas mujeres están a nombre de los maridos, de los suegros. Entonces ellos les dan tal vez dos años para sembrar, cuando pasa ese tiempo ellas ya no tienen dónde sembrar. Emigran, dejan a sus hijos, ellos casi siempre son maltratados por los familiares con los que se quedan. Un factor positivo es que, a pesar de que el número de hombres y mujeres que emigran es igual, las mujeres mandan más dinero a su familia. Algunas logran mejorar sus viviendas aquí.”

Guillermina se bachilleró en 1992, aunque no pudo seguir estudiando. “Mi sueño era tener una carrera técnica, eventualmente yo soñaba con ser socióloga, ya no pude seguir por la crisis económica, es mentira que me iba a alcanzar el dinero”, explica. Arruga la cara, dice que es decepcionante que la gente joven no tenga acceso a trabajo, que en este país no hay estímulos de superación.

“Yo compré 15 manzanas de tierra a 900 córdobas por manzana, eso es lo que tengo. Para lograr que todos mis hijos estudiaran, tuve que sacrificar algunas cosas”, dice, parpadeando lentamente. Hoy parece no sentirse muy bien. “Lo que pasa es que tuve un choque, no le pasó nada a nadie pero fue bastante fuerte el impacto” expresa, mientras mira con los ojos tristes. “Tal vez tengo que dormir”, murmura, sonríe un poco mientras se levanta para ir a organizar las inscripciones de un curso de promotoras rurales con dos años de duración. Parece que dormir siempre está después.

Una historia con moraleja
“En Nicaragua la cultura es que le ponen el nombre del hombre a la tierra. Hay una historia de una señora de aquí de Rivas que refleja eso. Ellos llevaban 22 años de estar casados, un día ella se enfermó y la internaron en el hospital. Estuvo muy grave. Cuando volvió a su casa encontró a una señora, su marido le dijo que era alguien que había traído para que le ayudara. Un día los encontró juntos, se dio cuenta que eran amantes. Lo que hizo el hombre fue correr a la esposa de la casa.

Resulta que ella se presentó a la UNAG pidiendo ayuda, que el marido
le quería quitar la casa, comenzó a contarnos que había estado enferma. Lo primero que hice fue mandarle una cita al hombre. Entonces él llamó a los directivos del municipio para que lo vinieran a acompañar, porque según él, yo lo estaba atropellando. Los directivos comenzaron diciendo que ella le estaba reclamando todo lo que tenía, que no era posible. Yo les dije que no, que lo contrario, que él estaba quitándole todo.

Yo les dije que nos sentáramos para analizar el asunto. Entonces él expuso que él había trabajado por esa tierra, que la reforma agraria se la había dado, que es cierto que ella era su esposa, pero que él se había enamorado de otra, ni modo. Cuando él terminó, yo tomé una calculadora y le dije, bueno, la situación es la siguiente. Usted se enamoró de esta señora cuando estaba joven, hace 22 años. 22 años por 13 meses, si acaso ella ganara 500 córdobas en Rivas (porque ahora se reconoce el treceavo mes, ¿verdad?), Mire, pues, cuanto es, voy poniéndole la cantidad en la pizarra.

Pero si ella, en vez de trabajar aquí en Rivas, se hubiera ido a Managua, ganara el doble. Mire cuánto sería. Lo apunto en la pizarra. La docena de ropa para lavar es, ¿cuánto?, bueno, calculemos cuántas veces se cambia usted al día. OK, es más o menos esto en total. Si usted hubiera comprado la comida porque ella no estaba, el plato más barato, cuesta esto al día.

Bueno, ¿usted cree que es justo lo que está haciendo con ella? Ahora está vieja, tan enferma que ya no se va a ganar ni los 500
pesos en un trabajo. Y la reforma agraria fue para beneficio de las familias y no de usted sólo.

Entonces el tipo se quedó pensando, sólo dijo “Ya me fregó”. Entonces se dividieron el terreno, que tenía dos casas. Ella vendió su casa y se fue con sus hijos para Costa Rica.

 

 
Haydée Rodríguez, Presidenta Federación de Cooperativas “Las Brumas”
Conspirando en la clandestinidad
  • Tienen organizadas 800 mujeres productoras de Jinotega, agrupadas en 25 cooperativas orgánicas

En la sede de la Federación de Cooperativas Las Brumas, el aire frío de la mañana jinotegana se aplaca un poco. La gente camina de un lado a otro, entran mujeres con niños, se sirve un desayuno con mucho café y en un extremo de la casa, en una oficina, habla una voz bastante fuerte.

Haydée Rodríguez, presidenta de la cooperativa, se sienta muy erguida en su silla detrás de un escritorio, resolviendo algún problema con productoras. Sonríe poco y no se le va un detalle. Su historia es extraordinaria.

“Yo era miembro de la directiva departamental de la Unión Nacional de Agricultores y Ganaderos, UNAG, desde 1991. En esa época, se le preguntaba a las mujeres si eran dueñas de sus tierras, ellas decían que sí, pero que la escritura estaba a nombre de un marido. Decían, por ejemplo, es que yo le tengo 8 hijos, entonces por eso también la tierra
es mía”.

Haydée dice que eso le preocupó en aquel
momento, al igual que a otro grupo de mujeres y
decidieron cambiar la situación, sin saber todos
los problemas con los que se encontrarían.

Productoras orgánicas
Cuando habla, el resto de personas parecen escuchar en silencio. Haydée, una mujer nacida en el campo, en Estelí, dice con naturalidad que no le sorprende haberse involucrado en la UNAG ni realizar este trabajo de líder femenina. Alta, de complexión fuerte y usando una chaqueta multicolor, no pasa desapercibida. Por la facilidad con que relata su historia, pareciera ser simple fundar una cooperativa en la clandestinidad, sólo para lograr un espacio para las mujeres.

Haydée cuenta que ninguno de los hombres de la UNAG sabía del proyecto de encontrar un espacio aparte sólo de productoras. “En la cooperativa Carlos Fonseca, de Pantasma, decían que una mujer no podía estar en una cooperativa, porque los miembros debían ser dueños de la tierra y las mujeres no lo eran. Entonces los fondos eran repartidos entre los productores. Habían muchas mujeres en la cooperativa dispuestas a trabajar y a organizarse, entonces vimos que no podía ser así”, relata.

“Ellos decían que nosotros queríamos dividir la UNAG, porque formamos colectivos de mujeres. Nos propusimos hacer una unión de cooperativas, donde hubiera un consejo de dirección que le dé asistencia técnica a las mujeres. Conseguimos personería jurídica, de ahí surgió la federación de cooperativas. Los de la UNAG nos criticaban todo. Yo les decía a las mujeres, no se preocupen, algún día vamos a tener una oficina, aunque sea un solarcito debajo de un palo”, recuerda y algunas de las compañeras le decían que “estaba loca”.

La casa donde hoy se erige la cooperativa Las Brumas tiene un área de al menos 60 metros cuadrados, con un dormitorio con literas, que pueden albergar a unas 20 personas. La cocina y las áreas de oficina están separadas entre sí, dejando un auditorio pequeño en medio para reuniones y seminarios. “Este solar costó 1,500 dólares”, dice. “Una organización canadiense, Fondo Canadá, nos financió”, comenta, recordando que las mujeres llegaban a poner ladrillos, a levantar ranchitos, a jalar agua.

Se ríe al recordar que fingió despedir a la administradora de la cooperativa, porque en ese momento trabajaba en la UNAG y no podía estar trabajando en dos lugares al mismo tiempo. “En el 97 nos afiliamos a la federación ya como cooperativa. Ahorita tenemos un total de 25 cooperativas, para un total de 800 mujeres a nivel departamental y nos hemos enfocado en dar crédito a la producción orgánica. Trabajamos con parcelas diversificadas orgánicas, con pequeños negocios, café orgánico y tradicional, ganadería, tenemos una red de promotoras ecológicas, tenemos una red de incidencia, un programa de alfabetización”, comenta, sin poder ocultar su satisfacción.

“Yo trabajé 14 años para la UNAG”, explica, “no habían mujeres en la junta directiva, eran secretarias o vocales. Aquí somos las que estamos a cargo, si un hombre quiere participar, tiene que acatar las reglas impuestas por las productoras”.

La antesala del campo
Haydée llega todos los días a la oficina desde su casa, una finca en Jinotega, donde cría todo tipo de aves y ganado, hasta caballos de raza. Madre de 6 hijos, ha manejado su proyecto de vida y su proyecto familiar al lado de su marido. En su finca tiene una parcela orgánica, árboles frutales y plantas medicinales. “Hay que aprender a cotizar lo que producimos”, les dice a las mujeres de la cooperativa.

“Ustedes saben lo difícil que es conseguir crédito”, les expone, mientras la gente escucha, sentada. “Tenemos que decir, que como federación somos mujeres productoras pero somos empresarias. Tenemos que aprender a negociar. ¿Cómo es posible que vendamos nuestros productos no orgánicos al mismo precio que los orgánicos?” Para ella, una meta común es mayor organización.

Dice que es necesario unificar precios, y que las mujeres hablen de lo que producen. Haydée parece vivir las preocupaciones de cada productora que pertenece a las Brumas. La oficina es la antesala

 
Modesta González, Presidenta de FEMUPROCAM, en Nueva Guinea
Defensora de las mujeres campesinas
  • En 1979 no sabía leer ni escribir, pero ahora después de muchos años de estudios, Modesta es Técnica Agrónoma
 
 
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