14 de septiembre de 2006 - Managua, Nicaragua


Sonia Agurto y Alejandra Guido

El trabajo doméstico implica la realización de múltiples actividades muy visibles: preparar los alimentos para el desayuno, almuerzo y cena; lavar y planchar la ropa; asear la casa; cuidar niños y ancianos, es decir, son todas aquellas tareas rutinarias y repetitivas que se realizan día a día y que demandan mucho esfuerzo físico. Sin embargo, éstas son solamente algunas de las actividades que realizan generalmente las mujeres en el hogar. Ellas también tienen que tomar decisiones con respecto a los alimentos, a las relaciones con los vecinos, participar en las actividades de la escuela de los hijos y; estar pendiente del chequeo de la salud de la familia, entre otras.
Las mujeres tienen que desarrollar el sentido común y creatividad, especialmente en tiempos de crisis. A la crisis económica, que reduce sustancialmente los ingresos en los hogares, se suman la crisis energética y el desabastecimiento de agua, dos problemas que llegan a hacer más pesadas las tareas que realizan las mujeres, entre ellas:

Las mujeres tienen que buscar información sobre los precios de mercado, con el fin de conocer a qué hora los productos se pueden comprar a menor precio. No es lo mismo comprar las frutas y verduras por la mañana que al atardecer, cuando los comerciantes quieren rematar sus productos, para lo cual hacen fuertes rebajas en los precios.

Las mujeres saben a qué hora llega el agua a su barrio y son miles las que tienen que esperar hasta altas horas de la noche, o abandonar el sueño en las madrugadas para llenar baldes, barriles o cualquier recipiente para preparar los alimentos, lavar la ropa y que la familia disponga de agua para bañarse.

Las mujeres tienen que estar pendientes a qué hora llega la luz a su barrio para planchar la ropa de su familia, muchas veces es de madrugada y luego tienen que salir a trabajar, arriesgando su salud.

A las mujeres que llevan a cabo todas estas actividades se les denomina “amas de casa”, y estadísticamente conforman la población económicamente inactiva, es decir, que son personas que no trabajan, que no buscan trabajo y que no quieren trabajar, ubicación que es producto de una cultura que no reconoce las actividades domésticas como trabajo, aduciendo que son tareas que las mujeres tienen que hacer “por amor a la familia”.


Esta cultura que ha querido confinar a las mujeres al ámbito del hogar y que no reconoce que el trabajo doméstico implica esfuerzo y desgaste físico, también no quiere darse cuenta que ya no existen mujeres que se dedican solamente a realizar estas tareas, sino que las mujeres combinan estas actividades con la búsqueda de nuevos ingresos, ya sea incorporándose al trabajo asalariado, o creando su propio empleo en el sector informal, generalmente en condiciones precarias.

El aporte que las mujeres hacen a las economías de sus hogares son fundamentales para la sobrevivencia de sus familias y para la generación de riqueza del país, sin embargo este aporte generalmente no es reconocido ni por los miembros del hogar, ni por la sociedad.

Más del 80% del trabajo doméstico sigue siendo realizado por mujeres



La cultura patriarcal que le ha asignado a las mujeres el trabajo doméstico, solamente por el hecho de nacer mujer, tiene un fuerte arraigo en la sociedad y en las mujeres en particular, que no logran romper con estos esquemas culturales y continúan asumiendo estos roles y reproduciéndolos en sus hijas. De hecho, investigaciones de FIDEG indican que más del ochenta porciento de este trabajo doméstico es asumido por las mujeres sin experimentar cambios sustanciales en una década en que se ha estudiado este tema.

En 1995, cuando FIDEG inicia con las investigaciones sobre el aporte de las mujeres a la economía nicaragüense, desde las diferentes esferas, las cifras revelaron que el 85% del trabajo doméstico estaba siendo asumido por las mujeres. En el año 2004, cuando FIDEG indaga nuevamente sobre este tema, las cifras son reveladoras y preocupantes, en la medida que 81.6% del trabajo doméstico continúa en manos de las mujeres.

Los datos permiten concluir que no ha sido suficiente el proceso de concientización que muchas organizaciones hacen con grupos de mujeres con el fin de apoyarlas en la desconstrucción de esquemas culturales que la responsabilizan de este trabajo. Los procesos de transformación en este campo son lentos, en casi una década los hombres que apoyan en las tareas domésticas pasaron de 15% a 18.4%, lo que indica que hay que hacer un trabajo más profundo en este sentido, ya que producto de las crisis (económica, energética y de agua) que enfrenta el país, este trabajo se torna cada vez más pesado y algunas mujeres por heroínas que quieran aparecer, las tareas domésticas, productivas y comunitarias, resultan sumamente excesivas.

Las investigaciones de FIDEG también ofrecen información sobre las actividades domésticas donde los hombres han comenzado a dar indicios de avance. Hay más hombres hoy que en 1995 preparando alimentos y lavando y planchando la ropa, situación que podría ser atribuida a la masiva incorporación de las mujeres al mercado de trabajo y por lo tanto, algunos hombres tienen que asumir la elaboración de sus alimentos y la limpieza de su ropa.

La reproducción generacional de los roles al interior de los hogares



Una investigación de FIDEG solicitada por Save The Children Noruega, mostró que los niños y niñas están asumiendo el 21% del trabajo doméstico en sus hogares. Sin embargo, los datos también dan cuenta de una reproducción de la división sexual del trabajo doméstico, siendo las niñas las que realizar la mayor parte de las actividades.

Efectivamente, del total del trabajo doméstico realizado por niños y niñas, el 72.3% lo asumen las niñas y el 27.7% lo asumen los niños. Es decir, que en los hogares no se están experimentando cambios sustanciales en la formación de las nuevas generaciones. Este dato es sumamente preocupando en la medida que cuando las mujeres adultas no pueden asumir toda la responsabilidad del trabajo doméstico, no lo distribuyen equitativamente con el resto de la familia, sino que lo transfieren a sus hijas mujeres aunque éstas sean menores de edad, privándolas de vivir a plenitud su niñez etapa tan importante en el desarrollo psicosocial de las personas.


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