4 de February de 2008 - Managua, Nicaragua


FotoIvonne Acevedo

“Los jóvenes son el futuro de la nación”. Esta frase, aunque para algunos sea trillada, lleva consigo una realidad inherente a las características demográficas de Nicaragua. Sin embargo, es hoy y parece ser que todavía no nos hemos apropiado de su verdadero significado y de sus implicaciones.

Cerca del 50% de la población nicaragüense es menor de 25 años de edad y estudios de CELADE y el BM estiman que el número de jóvenes alcanzará su máximo entre el 2010 y el 2040.

La transición demográfica es un proceso estrechamente ligado con el desarrollo económico. Desde los planteamientos más ancestrales hasta las teorías modernas, develan la importancia de comprender las dinámicas poblacionales, con el fin de dirigir las políticas públicas en el tiempo y forma requeridos.

Nicaragua pertenece al grupo de países en desarrollo que gozarán de un bono demográfico. Es decir, que una porción considerable de su población alcanzará la edad de trabajar y podrá generar desarrollo, como consecuencia de la mayor proporción de trabajadores, de la acumulación acelerada del capital y; de la reducción del gasto en personas dependientes.

De acuerdo con las proyecciones del CELADE, en el año 2025, el 50% de la población se ubicará en el rango de los 10-39 años, es decir en edad productiva, mientras que en el otro extremo están las personas de más de 60 años, las que representarán solamente al 7% de la población nacional.

Una vez que esta oportunidad expire, fecha estimada para el 2040, el país contará con un alto porcentaje de personas dependientes, es decir ancianos o niños que dependerán del resto de sus familias o del Estado para cubrir sus necesidades, por lo que requerirán una parte considerable de recursos.

Ventajas del bono, retos del Estado



La oportunidad que ofrece esta transición demográfica exige de grandes retos para el Estado nicaragüense, ya que las ventajas solamente se aprovecharán si se logra maximizar el potencial del capital humano.

El discurso debe aplicarse a la práctica y priorizarse la inversión en educación para mejorar la calidad de la mano de obra nacional, aumentar la cobertura de la fuerza de trabajo actual, mejorar el sistema de seguridad social e incrementar la calidad del sector salud para garantizar la atención de la población.

Aunque para muchos el 2040 sea un horizonte lejano en términos de políticas públicas y estrategias de largo plazo, es un período relativamente corto, sin embargo, si se logra aprovechar adecuadamente, significaría una gran oportunidad para Nicaragua de lograr avances en materia socioeconómica.

Si se desaprovecha este bono demográfico, no sólo se dejaría pasar una oportunidad única, sino que se profundizarían las desigualdades sociales, la pobreza y las migraciones, provocando que ese futuro esperanzador no sea más que una triste continuidad del presente


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