15 de febrero de 2007 - Managua, Nicaragua


FotoJuan Ignacio Martínez


Cuando don Santiago Mercado cosecha su parcela de maíz al final de cada temporada agrícola, no se imagina que la semilla que ha utilizado en su cultivo podría tener un gen de la bacteria Bt (Bacillus thuringiensi) que haría que su maíz resista a las plagas del cogollo del maíz, a las que antes sucumbía su producción entera. Además, sin resultar perjudicial para él o su familia, ya que la Bt produce una toxina insecticida que es inofensiva para los humanos.

Don Santiago tampoco se imagina que sus compañeros productores de la región de León, podrían estar cosechando soya modificada con genes de pescado, que haría los cultivos más resistentes a las sequías, a los excesos de agua, al frío o que simplemente le garantizara mayores rendimientos agrícolas, superiores a los que ofrecen otras variedades tradicionales.

La biotecnología se utiliza en prácticamente cualquier ámbito de la vida moderna, en la agricultura y la producción de todo tipo de alimentos, en la generación de nuevas medicinas y fármacos, transformación de químicos para la industria, la bioremedación ambiental, y podría utilizarse, como en la ciencia ficción, para la clonación.

Las aplicaciones también pueden llegar a ser llamativas: animales cuyo pelaje es fluorescente a la luz ultravioleta, papas que se iluminan cuando necesitan agua y; preservativos "vivos" con bacterias que bloquean el VIH.

La modificación genética es sólo una herramienta de la vasta caja de utilidades que brinda la cada vez más importante ciencia de la biotecnología. La Convención de las Naciones Unidas sobre la Diversidad Biológica define la Biotecnología, como "toda aplicación tecnológica que utilice sistemas biológicos y organismos vivos o sus derivados para la creación o modificación de productos o procesos para usos específicos". Es decir, biotecnología es la creación de nuevos productos, empleando organismos vivos.

La biotecnología, aunque novedosa, no es nueva. La Estrategia Nacional de Biodiversidad de Nicaragua (ENB) en su Evaluación de los Recursos genéticos y Biotecnología en el país, plantea que la biotecnología “tradicional” ha sido empleada por agricultores y agricultoras desde épocas remotas para transformar los productos agropecuarios o facilitar las labores en determinados procesos productivos. En los países en desarrollo, este conocimiento generado forma hoy parte de la cultura de diversas poblaciones, y en la mayoría de los casos es un conocimiento que sirve de base para el desarrollo de la biotecnología moderna, casi siempre en países industrializados.

A pesar de la controversia ética y moral que suscita la aplicación de la biotecnología en animales y en humanos (cuestiones que han originado populares debates), la biotecnología viene jugando un papel cada vez más relevante en el ámbito de la producción agroindustrial, y aquí también han florecido las controversias. La propuesta de los que promueven la biotecnología es simple: los cultivos genéticamente modificados (CGM), ya sea a través de un sencillo mejoramiento de la misma especie o por la aplicación de técnicas de ADN recombinante que mezclan genes de especies distintas, ofrecen mayor rendimiento (tanto por producir más como por reducir las pérdidas), reducen los costos de producción y; garantizan al productor una cosecha estable y abundante.

Así, la Biotecnología le daría al productor seguridad, rendimiento y competitividad: más y mejor carne y leche al ganadero, o más y mejores granos al agricultor. Estos beneficios, sin embargo, no son gratis, pues implican costos adicionales de regulación, royalties y más.

Adentrándose en la controversia, gran parte de los críticos argumentan que las modificaciones genéticas son perjudiciales para los organismos modificados, para los usuarios y para el medio ambiente, provocando mutaciones y efectos secundarios como alergias, virus y enfermedades resistentes a las curas tradicionales, provocando un círculo vicioso de “transgenificación”. Los defensores responden que la biotecnología como tal es una herramienta neutral, y que los problemas aparecen en casos aislados o cuando se utiliza la biotecnología equivocadamente.

El estado de la Biotecnología en Nicaragua



Pocos saben que en Nicaragua un conflicto de paternidad puede ser resuelto a través de pruebas de ADN realizadas en laboratorios nacionales, o que la biotecnología tradicional nicaragüense ha producido una especie de ganado criollo llamado Reyna, adaptado especialmente a las condiciones del país.

Sin embargo la palabra biotecnología aplicada a Nicaragua es frecuentemente acompañada por la expresión "incipiente". Esta apreciación la comparten los científicos y expertos institucionales que diseñan estrategias para promover su aplicación y desarrollo. Según el Dr. Jorge Huete, Director del Centro de Biología Molecular de la Universidad Centroamericana-UCA, "hablar de biotecnología en Nicaragua es hablar dentro de una perspectiva global, porque en Nicaragua hay muy poco".

Hoy en día existe casi media docena de laboratorios donde se pueden aplicar las técnicas de la biotecnología, la mayoría en universidades y algunos en institutos estatales. Pero no existen en Nicaragua empresas dedicadas a la biotecnología. Es más, hoy se registran (oficialmente) únicamente dos usos de cultivos genéticamente modificados con propósitos no investigativos: los importados como alimento avícola por una corporación transnacional y el maíz donado por un organismo internacional al pueblo nicaragüense.

Según el Dr. Noel Pallais, Director del Instituto Nicaragüense de Tecnología Agraria, INTA, además de esos usos en el país “no se produce, no se cultiva, no se importa ni tampoco se comercializan, productos modificados genéticamente”.

En el caso de los transgénicos, esto se debe a que ninguna empresa, hasta la fecha, ha manifestado interés en venir a comercializar material transgénico, porque “Nicaragua no es un foco con gran potencial de demanda de productos para las grandes compañías”, asegura Pallais. Adicionalmente, los productores en Nicaragua dudan poder vender estos productos en los mercados locales y extranjeros.

Los especialistas coinciden que en este país, a diferencia de lo que ocurre en Costa Rica y Honduras (donde actualmente se cultivan más de 3 mil hectáreas de CGM), ha habido mayor conciencia (de un lado y del otro de la controversia), que ha limitado la inserción de estos productos a los sistemas productivos y en los mercados nicaragüenses.

Nicaragua se encuentra aún más rezagada cuando se compara con otros casos de la región, como los programas de desarrollo científico en Ecuador y Perú, países en los que se han promulgado planes para los próximos 25 años, para el desarrollo del sector biotecnológico y su aplicación para resolver los problemas nacionales y para aprovechar sus ventajas naturales. A su vez, en Brasil, se han desarrollado clusters biotecnológicos que reúnen a más de 60 empresas. Inclusive, como resultado del DR-CAFTA, República Dominicana ha empezado a invertir en centros de estudios e investigación.

A pesar de esto, en Nicaragua abunda el interés. En abril del 2006 se celebró el III Congreso Nicaragüense de Biotecnología , evento que cuenta con una red de más de 200 individuos vinculados desde diferentes perspectivas y áreas de interés, incluyendo científicos, profesionales, empresarios y estudiantes, y en el que se abordaron temas desde la Biomedicina, la vinculación y colaboración universidad-sector privado para lograr innovaciones tecnológicas, aplicaciones ambientales de la biotecnología, entre otros.

Para el Dr. Huete, uno de los organizadores del evento y uno de los principales promotores de la biotecnología en el país, la discusión sobre esta ciencia ha sido artificial, hasta cierto punto, ya que a pesar de que las universidades han venido desarrollando su capacidad técnica, "el debate actual es foráneo porque en el mundo se está hablando de biotecnología, transgénicos, clonación etc. El debate es importado por ONG´s que generalmente adversan la biotecnología" y todo se debe, en su opinión, a "la carencia de un plan de desarrollo científico-tecnológico en el país".

Aunque la discusión sea importada, es necesario propiciarla aun más y adaptarla a las condiciones nacionales. La biotecnología es importante porque, al ser una realidad “tiene que ser empleada en los países en vías de desarrollo en dos direcciones: para participar en la economía global que ya se está aprovechando de sus múltiples usos, y para resolver los problemas que aquejan a nuestra sociedad y a nuestros sistemas productivos en particular”, propone Huete.

Para el Dr. Pallais, el debate ha sido orientado equivocadamente, y por tanto “existe mucha ignorancia sobre el tema… y esto provoca miedo, como todo acontecimiento novedoso”, gracias a campañas de desinformación por grupos de presión que muchas veces “critican a la herramienta sin fundamento técnico, cuando el problema es el uso que se le da”.

En Nicaragua, prioridades hay muchas, pero el desarrollo científico-tecnológico, y en particular, la biotecnología, no es una de ellas. La debilidad mayor de la biotecnología y de la ciencia en general, es la falta de un programa de desarrollo científico y tecnológico. Otras limitaciones que resultan de esto incluyen: un inadecuado abastecimiento de equipos y materiales, insuficiente presupuesto para el buen desarrollo de la actividad, falta de coordinación inter e intra institucional y; falta de visión por parte del sector privado para invertir en la actividad.

Según Huete, Nicaragua corre un gran riesgo por la ausencia de un plan de este tipo, al “convertirnos en importadores de bienes y servicios biotecnológicos en lugar de tener una infraestructura autóctona, que esté utilizando estas tecnologías para resolver nuestros propios problemas”.

Y los beneficios potenciales considera que son importantes, “la industria pasaría de ser una industria contaminante a una amigable con el ambiente”, y Nicaragua tiene una biodiversidad abundante que “puede ser utilizada para la generación de nuevos productos farmacéuticos, agrícolas, químicos, a partir de la biodiversidad biológica que existe en el país, desarrollando capacidades de biotecnología industrial y en particular, la bio-prospección ”, rescata Huete.

La biotecnología agrícola y el caso del maíz



De acuerdo con PROMESA, el Programa de Mejoramiento de Semilla que funcionó durante los primeros años de esta década, Nicaragua tiene uno de los tres rendimientos más bajos de maíz de América Latina y el más bajo de América Central, como consecuencia directa del uso intensivo de semillas que ofrecen pocas ventajas ante factores externos, como plagas, enfermedades, sequías o excesos de lluvias.

Con apenas 18 quintales de promedio por manzana, Nicaragua se encuentra al mismo nivel que Ecuador y ligeramente arriba de Surinam. Asimismo, el país también posee niveles de rendimientos muy bajos en arroz y café, por debajo de la mitad de los registrados en El Salvador.

Aunque en los últimos años el país ha aumentado su producción de maíz convencional, lo ha hecho en base al aumento del área cultivada y no como resultado de mejores rendimientos. De acuerdo con el Dr. Julio Munguía, especialista en semillas del IICA, “la producción no crece en función del rendimiento, sino en función de la expansión del área cultivada. Nosotros somos el segundo país de Centroamérica con área sembrada, pero el cuarto ó quinto en rendimiento”.

Según lo plantea la Estrategia Nacional de Biodiversidad, “nuestra agricultura ha perdido capacidad de producción por unidad de área, específicamente para el caso del maíz, los rendimientos van progresivamente disminuyendo a pesar de que las áreas de siembra han aumentado y se ha mejorado la tecnología”.

El Dr. Munguia enfatiza que “Nicaragua, como un país eminentemente agrícola, necesita fundamentar la biotecnología en todo el desarrollo agrícola”, sobre todo cuando la integración comercial se está acelerando más que nunca, y el tema de los CGM está en agenda cada vez más en los foros internacionales de comercio.

Costos y beneficios para el productor



Los organismos genéticamente modificados (OGM) se perciben en el comercio internacional como una especie de invención. Así, al “inventor” se le atribuye el derecho de controlar y lucrarse de su creación (por medio de patentes sobre los conocimientos de una modificación genética, por ejemplo), para recuperar los altos costos de investigación y desarrollo.

Pero, ¿qué significa para un productor utilizar los OGMs´?. Por un lado, estos productos prometen la reducción en el uso de herbicidas e insecticidas, ya que, como el caso del maíz, arroz y algodón Bt, la protección es incorporada en la propia codificación genética, lo que al mismo tiempo implica menores pérdidas ante plagas e insectos y menor contaminación ambiental.
Adicionalmente, ofrecen mayor rendimiento del cultivo o mayor volumen de producción por área cultivada y reducción de costos de reemplazo. En fin, mayor rentabilidad al productor agrícola. Una segunda generación de OMG ofrece mayor contenido nutricional para los consumidores.

Sin embargo, los OGM traen costos particulares a los productores. El precio de la semilla incorpora el pago de una “cuota tecnológica” reflejada en un precio mayor vis-à-vis la semilla tradicional, y en el pago de un “royalty” al vendedor de la semilla. El productor se enfrenta a un sistema restrictivo, tanto por parte del proveedor de la semilla, como por parte de los órganos reguladores. El agricultor no puede resembrar la semilla, es decir, no se permite el uso de generaciones subsecuentes de este material, generalmente porque los cultivos que resultan de la semilla son infértiles. Esto implica un aumento en los costos incurridos anualmente, con la consecuente pérdida de autonomía de los productores agrícolas que además dependen de un reducido número de proveedores.

En la mayoría de los casos, el productor no puede vender el producto libremente y debe entregar enteramente el material (tanto los insumos como la producción) a la empresa que lo suministra, para que no “circule” libremente, porque estas compañías son muy celosas en el manejo de sus creaciones.

Adicionalmente, el productor tiene un alto nivel de responsabilidad con los órganos reguladores (MAGFOR-MARENA, en el caso de Nicaragua) en el sentido de las normas de bioseguridad que se deben de cumplir. La utilización (el manejo y procesamiento) de la semilla debe de estar controlada y toda la producción debe de ser acompañada de una vigilancia estricta, hasta extremos de restricciones en el movimiento de personal y hasta del material. El mercado está restringido en función de la normativa de bioseguridad y los productores se ven limitados a la relación productor-empresa mejoradora.

La tecnología de los OGMs, por tanto, podría ser más costosa en comparación con la tecnología convencional. La empresas que comercializan estos productos en un primer momento funcionan tanto como monopolios en la venta de los productos y como monopsonios (único comprador) ante los productores, al estar obligados a venderles únicamente a ellas. En ambos casos, se podría dar una pérdida considerable de bienestar sobre todo para los productores.

Para el Dr. Munguía, esto significa que “no es una tecnología para el pequeño productor, no se puede masificar por sus requisitos económicos, técnicos y de conocimiento. El uso se limita a los productores que tienen recursos”. Esto implica que los pequeños productores y productoras, tan vulnerables como son, se exponen aun más a perder competitividad frente a los productores mayores, tanto nacionales como extranjeros.

La CEPAL advierte que esta situación podría resultar en el desplazamiento y la marginación de pequeños productores. Se destaca también que la adopción masiva de variedades modernas puede causar la erosión genética porque empuja a los agricultores a abandonar la utilización de variedades locales, poniendo en riesgos la seguridad alimentaria en términos de disponibilidad de especies.

Entonces, ¿que papel jugarían los pequeños productores en este movimiento?. Los especialistas coinciden en que si no hay una política que permita al pequeño y mediano productor ser beneficiado, es muy probable que este sector sufra. “Va a estar en función de la política del Estado con ese sector”, insiste Munguía.

Por otro lado, los pequeños productores pueden ser beneficiados a través de las investigaciones que realicen los institutos nacionales, como las universidades y el INTA, y que sea el pequeño y mediano productor el receptor principal de esta investigación

CGM: ¿Vale la pena?



En cuando a los resultados de la utilización de CGM en el mundo, la CEPAL señala que gran parte de los estudios realizados en los países desarrollados, propietarios del conocimiento científico y de la capacidad técnica, reportan que los beneficios del uso de cultivos transgénicos, desde el punto de vista del productor agrícola, presentan diferencias importantes entre las zonas productivas, dependiendo de factores climáticos, la incidencia de plagas y malezas, irrigación y otros factores. Por tanto, su atractivo dependería también de la zona.

Los estudios sugieren que en el corto plazo, el beneficio económico que genera la adopción de cultivos transgénicos no es necesariamente mayor que el que genera la adopción de cultivos no-transgénicos. Si bien los resultados varían de acuerdo a las áreas geográficas y las condiciones particulares de cada región, el aumento de los costos por la adopción de la tecnología no se compensaría siempre con una reducción en el uso de herbicidas y pesticidas, ni con el aumento sistemático en los rendimientos del cultivo.

La biotecnología agraria, en efecto, podría garantizar un aumento en el bienestar social. Lo que no garantiza, sin embargo, es una distribución equitativa de ese bienestar. El uso de la biotecnología por parte de países desarrollados y grandes productores mundiales, sumado a la carencia de programas tecnológicos en países menos desarrollados, como en el caso de Nicaragua, amenaza con expandir aun más la brecha tecnológica y económica entre los países del mundo. Adicionalmente, el acceso a la tecnología costosa por parte de agentes con mayores recursos técnicos y económicos implica una expansión de la brecha entre ricos y pobres dentro de los mismos países.

La globalización promete que la biotecnología, en sus diversas formas, será una realidad para Nicaragua y el resto de países en vías de desarrollo. Esto significa que la controversia dejará de estar sólo en los foros de discusión y pasará directamente a nuestros campos, y eventualmente, a nuestras mesas.

Y Nicaragua está lista para lidiar con el asunto, al menos a nivel institucional: tiene la motivación, el personal está en proceso de capacitación y los marcos regulatorios están en pie. Pero la inquietud persiste: ¿será Nicaragua un mero consumidor? o ¿trazará los senderos de su propio desarrollo biotecnológico que maximice los beneficios de esta ciencia, adaptados a las condiciones criollas?. Y, finalmente, una pregunta más: ¿Logrará minimizar los riesgos para los productores, consumidores, y sobre todo, para sus generaciones futuras?

La respuesta parece germinar a paso lento.


Lecturas recomendadas sobre Biotecnología en Nicaragua:
o Bioteconología y Calidad de Vida, revista Encuentro No.75, 2006.
o Memorias: Tercer Congreso Nicaraguense de Biotecnología. Abril, 2006.
o Compendio de Biotecnología, PROMESA, 2002.


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