6 de julio de 2009 - Managua, Nicaragua


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Jaime Wheelock Román


Ministro de Reforma Agraria y Desarrollo Agropecuario de 1979 a 1990.



En los primeros años nos planteamos la reconstrucción nacional, dada la destrucción ocasionada por la guerra y no metas de desarrollo propiamente. Para los primeros tres años, la economía se había reactivado lo suficiente, las exportaciones se acercaban a los niveles de 1978, pero la guerra de agresión lanzada por la nueva administración (Ronald) Reagan frenó el ritmo de recuperación económica, hasta hacerlo retroceder más tarde.

Hay logros de la revolución que trascienden a nuestros días: Haber derrocado a la dictadura Somoza y sustituido sus aparatos represivos por un Ejército y Policía profesionales, educadas en valores cívicos; segundo, haber dignificado y rehabilitado al ciudadano pobre y marginado con alfabetización, salud, acceso a la tierra; y haber puesto los pilares para la democratización de la República con una nueva Constitución, leyes electorales, mientras también se dotaba al nicaragüense su carta de dignidad y ciudadanía al igual que a la sociedad, un tramado amplio y participativo de organizaciones gremiales y civiles.

Las transformaciones de los años ochenta tuvieron un respaldo político y social que no se presenta ahora; había un alto grado de respaldo popular hacia el liderazgo colectivo y las medidas del programa de reconstrucción nacional.

Nueva oportunidad



Sería injusto comparar o medir a este gobierno con los raseros de la revolución de 1979. De hecho no son los mismos gobiernos. El gobierno de hoy es hijo democrático de la revolución; resultado de una elección que dio su respaldo a un programa electoral del FSLN que no planteaba realizar otra revolución, sino medidas de gobierno que son el referente de lo que el Ejecutivo debe hacer y cumplir ahora, normado por una Constitución, leyes e instituciones preexistentes que le fijan sus límites. A este gobierno se le debe juzgar por lo que prometió al pueblo en su campaña. No se le puede exigir que se comporte ni podemos esperar que responda como en los años ochenta.

Aún con ello, este gobierno tiene la oportunidad de hacer una buena administración y consolidar así al sandinismo como fuerza histórica viva. Nicaragua es un país pequeño que no debe representar amenazas para nadie y siendo todavía tan pobre, puede más bien concitar la solidaridad de muchísimas naciones y dar lugar con un clima y un mensaje apropiado, a mayores flujos de inversión interna y externa.

Hay una gran oportunidad para el FSLN de hacer un gobierno ejemplar, digno de un estilo sandinista: gobernar como servidor público, asumiendo sus funciones con humildad; administrar los recursos con probidad y honradez; persuadir en vez de perseguir; dialogar en vez de confrontar; unir en vez de dividir; emplear el poder para ayudar a los más pobres y no para oprimir; actuar en el marco de la ley y guiarse en todas las circunstancia por los intereses de la nación antes que por los propios.

Piedras en el camino



En los 80 tuvimos varios obstáculos: Una realidad heredada difícil de modificar en el corto plazo; la temprana agresión que nos acompañó con su secuela de destrucción y muerte; y nuestra propia falta de experiencia.

Con respecto a esto último voy a graficarlo con dos ejemplos. En las relaciones económicas confiamos en las capacidades del campo socialista fijándonos como meta reinsertar nuestra economía hacia esa dirección. Queríamos precios preferenciales para nuestros productos, nuevos mercados para productos agroindustriales; y hasta nos planteamos ser miembros plenos del Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME). Pero el campo socialista muy a pesar de nuestras miras, iba más bien en retroceso y económicamente estaba agotado; su tecnología se había estancado, su productividad decaído. No había posibilidades ni cabida para nosotros. Es cierto que nos dieron ayuda solidaria y lo que pudieron, pero llegaron a sus límites y con ellos nosotros también.

El otro ejemplo, tiene que ver con la visión estratégica de nuestra política interior. La revolución tuvo un amplio consenso respecto al derrocamiento del régimen somocista y ya en el gobierno se dio la unidad nacional en torno a la dirigencia revolucionaria, que tenía la confianza de gozar del apoyo del pueblo en todo momento, pero era inexacto, no toda la población era sandinista y menos dentro de las capas tradicionales o rurales de la población.

Si hubiésemos gobernado, cuidando la unidad nacional y procurando el mayor consenso en todo momento, quizás hubiéramos impedido que la reagrupación de la guardia somocista, apoyada por la administración Reagan, se engrosara con personas desencantadas, atemorizadas o afectadas por la revolución y nos provocaran tanta sangría.

Este gobierno tiene también obstáculos considerables: Se encontró con un país empobrecido luego de 16 años de experimentos neoliberales; está bajo fuego en ocasiones despiadado de los medios que dominan sus adversarios políticos; afrontó las alzas del precio del petróleo y otras materias primas y; está sufriendo las pérdidas de ingresos y de recursos por la crisis económica.

Si pudiera volver 30 años atrás, qué haría…



Lo primero, que toda decisión y acto de gobierno deben ser cuidadosamente meditados en función de buscar consensos. Esto nos hubiera ayudado a la hora de aplicar la política de expropiaciones que llegó a afectar hasta a medianos productores. Creo también que por momentos el proceso de reforma agraria se politizó y en algunos casos, si bien aislados, hubo expropiaciones contra adversarios que el gobierno apreciaba como sumados a la contra. Esto envió señales equivocadas a todos los productores respecto a la línea y a la justeza de la revolución. Revisaría también la ejecución de algunos grandes proyectos que nos restaron fuerzas para beneficiar más ampliamente a sectores de la producción campesina.


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