7 de September de 2009 - Managua, Nicaragua


William Saborío*

Las remesas a Latinoamérica aumentaron en la última década, pero eso podría estar por terminar pronto, debido a la recesión económica. Uno puede asumir ciertas conclusiones, analizando las tendencias de las remesas familiares en la región.

Estadísticas del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) demuestran que entre 2004 y 2006, el flujo de remesas desde los Estados Unidos a Latinoamérica creció de US$30 mil millones a US$45.4 mil millones, un porcentaje de crecimiento de más del 50 por ciento. Pero ese crecimiento decayó significantemente del 2006 al 2008, al menos de un uno por ciento. Ciertos analistas opinan que esta reducción en crecimiento se debe al malestar de la economía estadounidense o a cambios de tendencias en la migración.

Otras conclusiones indican que la recesión podría intensificar esta reducción en las remesas. El creciente apego de Nicaragua a las remesas, como un ingreso positivo en su balanza de pagos, sirviendo también como un motor de desarrollo, puede representar serios inconvenientes a dicha economía.

Aunque simple, el mecanismo de las remesas ha crecido en importancia para países como Nicaragua. Los trabajadores de la región emigran a los Estados Unidos u otros países, buscando mejores sueldos que en sus países nativos. Un estudio de Manuel Orozco revela que el 45 por ciento de nicaragüenses reciben remesas por parte de sus familiares que residen fuera del país.

Analistas han encontrado que estos fondos se usan principalmente para comprar productos básicos. Si bien las cantidades son pequeñas, no obstante una comunidad migrante entera puede tener un gran impacto macroeconómico: el BID reporta que en el 2008, el 40 por ciento de los nicaragüenses recibieron más de US$750 millones en remesas, un número equivalente a más del 12 por ciento del PIB de Nicaragua. El Banco Central de Nicaragua reporta US$818 millones en el 2008.

Aunque este flujo de dinero no se contraerá enteramente, las remesas mensuales se están reduciendo rápidamente en este clima económico. El Banco Mundial predice que las remesas caerán un 0.9 por ciento en el 2009, o un 6 por ciento en casos menos favorables. Además, ciertos estados con la mayor población hispana enfrentan dificultades económicas. California, de donde se originan US$ 13,200 millones en remesas cada año, se encuentra en bancarrota. Se supone que Nicaragua y los demás países de la región sentirán esta contracción monetaria. Sumando también las posibilidades de una xenofobia por parte de los americanos y una menor demanda por los servicios de los migrantes, el sueño americano se debilita en los ojos de los trabajadores.

Afortunadamente para Latinoamérica, el plan de estímulo del Presidente Barack Obama espera poner fin a la recesión en sus primeras etapas, inyectando dinero en varios sectores claves de la economía. Lo más importante para este análisis, es que el estimulo creará trabajos en sectores que atraen a grandes segmentos de la mano de obra proveída por los migrantes.

Un estudio del Banco Mundial del 2008 demuestra que la contracción económica en sectores claves, como la construcción y vivienda, estarían afectando negativamente el empleo y los sueldos de los trabajadores latinoamericanos. Pero también se ha hallado que menos hispanos-americanos perdieron sus trabajos que los hispanos no ciudadanos o residentes, sugiriendo que los patrones valorizan mucho el trabajo del emigrante. Podemos asumir, entonces, que una parte de todo dólar invertido en infraestructura podría ser enviado al sur de la frontera.

Con las remesas contribuyendo a una gran porción del consumo en Nicaragua y en otros países, es muy posible que el estimulo americano no solamente va a estimular la demanda agregada, pero también a las agotadas economías internacionales. El efecto por supuesto será superior en países como Honduras y México, quienes reciben cantidades mucho mayores de remesas.

Pero una advertencia importante persiste. Este esquema asume que los trabajos generados por el estimulo no serán exclusivamente para estadounidenses. Un estudio del 2008, del Centro para Estudios de Inmigración, estima que la población de migrantes ilegales es 11.2 millones, con dos-tercios de ese número siendo hispanos. Cualquier obstáculo que no permita el acceso de éstos al mundo laboral, definitivamente cortaría drásticamente la fuente de remesas.

Sin embargo, si los empleadores hacen sus decisiones independientemente, los migrantes recibirían una porción significante de los trabajos creados y se mantendría el flujo de remesas invariable.

*El autor es estudiante de economía y relaciones internacionales en el Colegio Woodrow Wilson de la Universidad de Princeton


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