7 de septiembre de 2009 - Managua, Nicaragua


Javier Casasnovas*

Hay dos aspectos fundamentales para la reducción de la pobreza: el crecimiento económico sostenido y la redistribución de la riqueza. Con estos dos parámetros se crean sociedades modernas con un alto grado de cohesión social y en el que la economía cumple su función principal, que no es otra que mejorar el bienestar del conjunto de los ciudadanos. He mencionado en artículos anteriores que los países más avanzados en esta materia son los países nórdicos que, con una presión fiscal de hasta el 50% del Producto Interior Bruto (PIB) y un gasto social que ronda el 30%, garantizan una cobertura de las necesidades sociales básicas de todos sus ciudadanos y un nivel de vida digno para las más pobres. Estas circunstancias dan lugar a que haya más emprendedores y personas dispuestas a crear empresas y asumir riesgos, ya que saben que si fracasan tienen una atención social que no los dejará caer en la indigencia. Por otro lado tenemos el sistema de Estados Unidos, que con una presión fiscal del 25% del PIB y un gasto social del 16%, ha heredado a la administración de Barack Obama, alrededor de 40 millones de estadounidenses sin seguro médico, además de un sistema educativo y de cobertura social muy debilitado.

¿Dónde está Nicaragua?



Con una presión fiscal del 17% del PIB y un gasto social del 36% en el 2006, Nicaragua está muy lejos incluso de la presión fiscal de Estados Unidos, y por tanto, tiene un amplio margen para aumentarla, haciendo que las rentas más altas, vía impuestos directos, contribuyan al presupuesto público en mayor medida. Sólo la eliminación de exoneraciones, dadas de forma arbitraria, podría suponer unos ingresos adicionales de alrededor de 250 millones de dólares, suficientes para equilibrar el presupuesto. Por el lado del gasto, la redistribución de recursos parece en línea con los países más avanzados. El 36% del presupuesto en gasto social parece una cifra razonable, aunque dada la tasa de pobreza del país se justificaría incrementar este porcentaje, que aplicado con una presión fiscal del 25%, aumentaría de forma sustancial las trasferencias de renta a los sectores sociales mas desfavorecidos.

El sistema tributario nicaragüense



Es un sistema complejo que se caracteriza por sus altos efectos de distorsión de la economía, en el que no existe correspondencia entre la importancia de los sectores económicos y su carga impositiva. Un sistema que tiene un alto coste administrativo para recaudar, un alto grado de discrecionalidad y un alto nivel de fraude. La consecuencia de esta estructura tributaria es que la diferencia de renta entre el segmento de la población que más ingresos genera y el que menos, aumenta después de aplicar esta estructura impositiva.

¿Cuál sería el sistema tributario ideal?



El sistema ideal debería dar un trato equitativo y progresivo a todos los contribuyentes. Con tipos impositivos más altos para los sujetos pasivos que tiene una renta más alta y menores para los contribuyentes con rentas más bajas. Además, se debiera asegurar que dos contribuyentes con los mismos ingresos estén sujetos al mismo gravamen. Este tratamiento tendría el beneficio de generar un sentido de justicia que ayuda a la mejora progresiva del grado de cumplimiento.

El sistema debería ser eficiente, tratando de distorsionar lo menos posible el funcionamiento de la economía en lo que respecta al crecimiento económico a través de la inversión productiva, el empleo y la mejora de la productividad de todos los factores con los precios al consumo lo más bajos posibles. La menor incidencia del sistema fiscal en la economía requiere un sistema que amplíe su base imponible en los impuestos directos (a las rentas más altas) y evite aumentar los indirectos que gravan el valor añadido de la producción y el consumo.

El sistema debería ser lo más simple posible. Cualquier sistema complejo y confuso está abierto al fraude, la colusión y aplicación distorsionada. Por lo general, el sistema tributario debería ser manejable por la administración y de fácil cumplimiento por el contribuyente. Es posible que el sistema más eficiente no sea el más simple, ya que requiere de una administración más pesada y por tanto haya que encontrar un equilibrio entre estos dos principios.

Por el lado del gasto, el sistema ideal debe producir una transferencia de rentas hacia las capas más desfavorecidas de la población para cubrir sus necesidades básicas en materia de salud, educación, vivienda y alimentación. Esto se consigue con más recursos pero también con una buena gestión financiera, mayor transparencia en las licitaciones, una función pública profesionalizada y un sistema de control acompañado de una ley anticorrupción que penalice con fuerza a los funcionarios que malversen los fondos públicos. Lamentablemente, el sistema ideal, como decía el escritor Eduardo Galeano, nos sirve más que para tener un paradigma al que acercarse: “Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar”.

Hacia el mejor sistema tributario posible



El camino se debe iniciar con una reforma tributaria integral. Esta reforma debe tocar cada faceta del sistema, desde la estructura tributaria, los componentes, los hechos generadores, los marcos jurídicos, los procedimientos, y la administración efectiva del sistema. Una reforma integral es necesaria porque el sistema como es, es tan débil, que hace despreciar las reformas parciales, que no han tenido éxito ni en Nicaragua ni en otros paises latinoamericanos. Solamente con un acercamiento general al problema podemos hacer que la reforma sea favorable para el conjunto de la nación, fomentando el crecimiento económico y el bienestar general. Como dice Julio Francisco Báez Cortés y yo no sabría definir mejor: “La fiscalidad es la expresión material de la conciencia que una sociedad tiene del bien común”.

*El autor es Consultor Internacional en Asuntos Económicos, Comerciales y Sector Privado.


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